Schubert - Quinteto «La trucha» - Beaux Arts Trio
>> viernes, 17 de agosto de 2012
Beethoven - Missa solemnis - Herreweghe
>> sábado, 26 de marzo de 2011
La Missa solemnis, el «trabajo más logrado» de Ludwig van Beethoven (en sus propias palabras), es una de las más hermosas partituras escritas por el genio de Bonn. Él, el compositor a quien se endilgaba la incapacidad para componer con maestría para las voces y que venía de demostrar lo contrario con la más grande composición sinfónica de todos los tiempos, su Novena sinfonía, iba a insistir con esta veta a través de esta obra. Una obra religiosa escrita un hombre que no lo era tanto, pero cuyo poder excede largamente la cuestión ritual para convertirse en una lección musical y un prodigio de arquitectura sonora.
Para su escucha, hemos elegido una versión «historicista» (con réplicas de instrumentos de época) de un especialista en el tema, el director Philipe Herreweghe, junto al la Orchestre des Champs-Élysées. Los solistas son Rosa Mannion (soprano), Birgit Remmert (contralto), James Taylor (homónimo del rockero, pero en este caso se trata del tenor lírico) y Cornelius Hauptmann (bajo). Canta el Chœurs de la Chapelle Royale et du Collegium Vocale.
Y elegimos acompañar esta música con un texto del poeta argentino Alejandro Bekes, dedicado a nuestro músico y titulado, solamente, con su hermoso apellido.
por Alejandro Bekes
Niñez del mundo. Un canto inconsolable
lejos de la ardua luz de la palabra
susurraba en secreto el indecible,
el religioso nombre de las cosas
sin nombre. Como el canto de la lluvia
o el agua de la acequia deslizándose
sierra abajo entre higueras y sonrojos,
como el oscuro origen del amor
o las ramas que mueve el viento viejo
bajo la luna clara, sigilosa
la música soñaba el hondo tiempo
de donde todo nace. Aquel silencio
que sobreviene entre sus notas, siempre
grávido de sentido, meditando
entre compases, sabe de qué noche
nació lo que se ha escrito por mi mano.
Hace siglos yo oí cómo su música
se derramaba sobre el sordo mundo,
donde el alma se oculta de los hombres
y la amada inmortal abre los ojos.
Sobre la bóveda estrellada
ha de haber un Padre amoroso.
Pues todos son llamados a la fiesta:
nadie excluido queda, libre o trágico,
haya amado la luz o el mar sin bordes.
El laurel de cantar a la alegría
sólo fue concedido a un desdichado. Read more...
Les rarissimes de Bruno Leonardo Gelber
>> martes, 25 de enero de 2011

El gran pianista argentino, que el mundo elogia y aplaude desde hace 40 años, llegará para tocar en el piano del teatro Independencia el bello Concierto para piano Nº1 de Fryderyk Chopin, justo en el año en que se festeja el bicentenario del nacimiento de este compositor cuya obra está dedicada enteramente al piano. Con la Filarmónica de Mendoza (que tocará también la Sinfonía Nº 3 de Schumann), comandada por su titular, Ligia Amadio, Gelber intentará repetir la hermosa noche de hace dos años, cuando con Beethoven como excusa ofreció una velada inolvidable.
–Hay un gran recuerdo de la visita que hizo a Mendoza en 2008. ¿Cuáles son sus sensaciones al volver?
–La sensación es la de regresar a una ciudad que adoro y encontrar el público que conozco desde hace decenas de años. Disfruto cada vez que voy a Mendoza por la calidad y la calidez del público. Tienen una gran virtud y es que saben escuchar y que saben aplaudir, porque a veces los públicos que aplauden mucho son ruidosos y los que escuchan con mucha atención son poco cariñosos. Ustedes tienen las dos virtudes.
–Usted va a interpretar el Concierto para piano Nº1 de Chopin, ¿qué significa para usted esta obra?
–Es un concierto magnífico, como todo lo que escribió Chopin, y cuando uno tiene un gran director, como pasa con Ligia Amadio, todo es mejor. ¿Sabe cuál es el drama de este concierto?
–¿Cuál?
–Que la orquesta tiene una tarea aparentemente secundaria, de sostén armónico, para permitir el lucimiento pianístico. Pero si no está bien hecho ¡se oye todo! Por eso tiene que haber un buen director, para aceptar ese rol secundario aparente y hacerlo bien.
–¿Y qué significa para usted este compositor, cuya obra es eminentemente pianística?
–No hay pianista que no adore tocar Chopin, porque es un compositor que, aparte de lo fantástico y lo bello que es, tiene una significación pianística enorme. Es uno de los primeros que compone estudios virtuosísticos para el piano. Pero Chopin, por más difícil que sean sus obras, siempre es «pianístico», no crea problemas fundamentales para la ejecución si uno tiene talento.
–Se han hecho muchos intentos por describir el arte de Bruno Gelber. ¿Cuáles diría usted que son sus virtudes?
–Creo que soy un buen artista. Creo que tengo la sensibilidad necesaria para compenetrarme en lo que quiso decir el compositor. Soy un buen intérprete en el sentido de que no trato de lucirme, sino de ser fiel a quien estoy interpretando, como un buen actor que deja que se luzca el texto. Creo que tengo calor interpretativo, soy vehemente pero fiel a mi interpretación. Nosotros interpretamos a los genios en momentos de inspiración divina. Si uno está dotado desde la sensibilidad, es una tarea magnífica, porque uno trata en esos momentos con los genios.

Talento argentino
–Los argentinos orgullosos de nuestros músicos tenemos a otro gran pianista como Daniel Barenboim dirigiendo en la Argentina. ¿Qué siente usted cuando toca en su país?
–Nuestro país fue hecho por tantas nacionalidades y razas distintas que realmente ha formado grandes pianistas. Y tenemos público fantástico en todas partes. Aunque yo vivo desde los 19 años fuera de la Argentina, siempre he guardado relación con este país y he tocado en varias ciudades, no sólo en Buenos Aires, y he recibido realmente el testimonio de públicos que consiguen convencerme de que les gusto y entienden lo que estoy haciendo. Tenemos un gran país al que le gusta la música y que le importa mucho el hecho de tener intérpretes que han recorrido el mundo, como en nuestro caso, y hemos llevado el nombre de la Argentina a toda la geografía.
–¿En qué cosas se siente argentino o qué cosas extraña de su tierra?
–Cuando uno se vuelve ciudadano del mundo no puede decir que se llore pensando en la calle Corrientes (risas). Pero sí tengo presente al ser humano argentino, que es fantástico, la gente amiga, la gente que quiero.
–¿Ha pensando en su retiro?
–(rápidamente) No, no tengo la edad para pensar en el retiro. Creo que hay muchas cosas que con la madurez pueden hacerse. Sigo recorriendo el mundo y no hay nada que me guste más que el hecho de dar lecciones. Me encanta ver a la gente joven de todas partes del mundo acercarse a la música. A mí me interesa mucho despertar el amor a la música en los demás. El día que tenga la cola menos móvil (risas)… con gran placer continuaré en esa faz de educador.
–Más allá de eso, con tanto tiempo dedicado a los conciertos, ¿le queda tiempo para su vida personal?
–Los que hacemos esta vida es como si nos hubiéramos dedicado a una religión. Es una vida al servicio de nuestros conciertos y viajes. Ser un artista internacional conlleva muchas cosas: es un continuo cambiar de hotel, de idioma, de comida, de gente. Y si uno está de repente feliz en un lugar, de golpe ¡pum! hay que subirse a un avión e irse. Hay que aprender a no atarse demasiado a las cosas y llevar la vida así. ¿Sabe cuál es la base en nuestra vida, por lo menos para mí? Tener conciencia de que el que tiene talento, que Dios ha repartido de forma poco democrática, sólo es digno de ese talento si lo sabe dar a los demás.
–Si hay alguien que le ha sido fiel en su vida, ésa ha sido la música…
–Mi maestro Vicente Scaramuzza siempre me decía: «Tu mejor amigo va a ser el piano, nunca te va a decepcionar. Ese señor de cola negra y dientes blancos va a ser tu constante» (risas).
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Sirva esta entrevista como invitación para escuchar a Bruno Gelber, en esta ocasión en un disco titulado Les rarissimes de Bruno Leonardo Gelber, álbum doble en el que interpreta obras para piano solo de Ludwig van Beethoven, Robert Schumann, Franz Liszt, Franz Schubert y, por supuesto, Fryderyk Chopin.
Beethoven - Tríos para piano y cuerdas «Fantasma» Nº 1 y «Archiduque» - Van Immerseel, Beths, Bylsma
>> miércoles, 24 de noviembre de 2010
Esta semana presentamos los tríos para piano y cuerdas de Ludwig van Beethoven.
Cuando publicó sus tres tríos con piano Op.1 en 1795, Beethoven ya era un compositor experimentado y había escrito dos ambiciosas cantatas, varios conciertos y una cantidad importante de música de cámara. Desde 1792 vivía en Viena y aunque sus estudios con Joseph Haydn duraron sólo un año, ya que la relación entre ambos fue difícil, pudo oír y estudiar las últimas obras del prestigioso compositor.
A diferencia de Haydn, Beethoven nunca fue kapellmeister, pero tuvo la suerte de lograr el apoyo de un importante aristócrata vienés, el príncipe Karl Lichnowsky, y fue en las veladas musicales que se realizaban en su palacio que el joven pronto se convirtió en la principal atracción. Incluso residió en la residencia del príncipe, como si se tratara de un hijo adoptivo, durante casi toda la década de 1790.
Los mencionados tríos Op.1 fueron dedicados al príncipe y con su patrocinio se editaron 244 copias para 123 suscriptores que formaban parte de la vida musical y aristócrata de Viena. Las partituras pertenecían a un género asociado tradicionalmente al aficionado y Beethoven demoró tres años en completarlas sabiendo que el resultado impresionaría y acrecentaría su reputación como compositor.
Aunque los tríos Op.1 no fueron las primeras obras de Beethoven en el género opacaron cualquier creación anterior gracias a su originalidad, inventiva, estructura y tratamiento igualitario de los tres instrumentos. El tercero de los tríos plasmó, además, un intento de escape de la música de salón, traspasando al ámbito de cámara la fuerza y la dimensión de las últimas sinfonías de Haydn.
El trío para piano y cuerdas tuvo sus orígenes en la sonata acompañada para teclado con partes opcionales para violín y cello. Las secciones para cuerdas fueron tomando mayor importancia, y aunque Mozart y Haydn hicieron avances en el género, el piano continuó siendo el protagonista. Beethoven democratizó a los tres instrumentos junto con escribir una música más ambiciosa claramente inspirada en las últimas sinfonías de Haydn.
Los tríos Op.1 fueron estrenados a fines de 1793, en una de las veladas musicales que se realizaban en el palacio del príncipe Lichnowsky. Entonces estuvo Haydn y se dice que no aprobó las obras. Beethoven dudó en publicarlas, las revisó y finalmente permitió su edición en 1795. Este primer Opus fue exitoso y pronto aparecieron copias editadas por otras casas y las acostumbradas adaptaciones para otros instrumentos.
Por mucho tiempo, la música de cámara que involucraba al piano estaba destinada más al amateur que al experto, por lo que muchas obras de este tipo eran más livianas que espirituales que, por ejemplo, el cuarteto de cuerdas. Beethoven no escapó de esto pero lo más trivial podía alcanzar en su pluma un arte imaginativo y original, sobre todo al momento de construir variaciones sobre melodías populares de la época.
Así sucedió con el último movimiento de su trío Op.11, basado en un tema de la ópera cómica El amor marítimo de Joseph Weigl. En nueve variaciones, la melodía sufre una gran variedad de metamorfosis, incorporando incluso una suerte de marcha fúnebre en una de ellas. Este trío fue escrito en 1798 y su edición original ofrecía la opción de usar violín o clarinete.
El primero de estos tríos tiene tres movimientos y se inicia de manera sorprendente. Sin embargo, el peso de la obra radica en el movimiento central, un atmosférico largo, lleno de contrastes de dinámica y elocuentes motivos melódicos. El particular carácter de este movimiento le dio a la partitura completa el apelativo de Trío de los espíritus (o Fantasma) y quizás fue influido por una idea que Beethoven tenía entonces de componer una ópera basada en Macbeth de Shakespeare.
El segundo trío del Op.70 es más luminoso y menos contrastante que el primero, con un comienzo especulador, como si los intérpretes estuvieran descubriendo su camino. Parte de esta introducción reaparece al final del movimiento como un recuerdo de aquello que le dio origen. El segundo es una serie de variaciones sobre dos temas y el tercero es un movimiento cantabile basado en el patrón del scherzo. El final es una sección enérgica cuyas demandas técnicas y musicales complican hasta al intérprete más dotado.
La variación fue uno de los recursos más explorados y explotados por Beethoven dentro de su creación. No sólo la incorporó como movimientos de sus obras, sino también le otorgó vida propia y muy individual en partituras magistrales. Dentro de su música para piano, violín y cello aparecen algunas series de variaciones independientes, como las que se publicaron en 1804 como Op.44 y que construyó a partir de un tema original. Se cree, sin embargo, que estas variaciones habrían sido esbozadas en 1792 para el Op.1.
En una época en que la música no era tan accesible como hoy en día, una de las formas de difundir y promover nuevas obras era a través de arreglos para distintos instrumentos de una misma partitura. El mismo Beethoven adaptó varias creaciones suyas, y como el trío para piano, violín y cello era una de las favoritas dentro de los salones vieneses, no dudó en arreglar para esta formación partituras tan populares como su segunda sinfonía o el septeto Op.20.
Compuesto originalmente para cuarteto de cuerdas, clarinete, fagot y corno, el septeto Op.20 se escuchó por primera vez a fines de 1799. Tuvo tanta popularidad que pronto fue objeto de adaptaciones para otras formaciones instrumentales. Czerny lo publicó en una reducción para piano como Gran Sonata Brillante y el mismo Beethoven lo arregló para piano, violín o clarinete y cello, dedicando esta versión a Johann Adam Schmidt, médico que había consultado a raíz de su problema de audición.
Dentro de la producción original de Beethoven para piano, violín y cello existen varios movimientos editados póstumamente, como el Allegretto WoO.39 que escribió en 1812 «para su pequeña amiga Maximiliane», hija de Franz y Antonie Brentano. El compositor era un invitado frecuente a la casa de la familia Brentano y pronto entabló una amistad muy cercana con Antonie, madre de Maximiliane, y se cree que ella fue la destinataria de la famosa carta dirigida a la «amada inmortal».
Además de las partituras concebidas y publicadas originalmente para esta formación, el compositor alemán realizó algunos arreglos, aprovechando el favoritismo que tenía la combinación piano, violín y cello dentro de los salones vieneses. En 1806 publicó una versión de cámara de su segunda sinfonía, obra estrenada en abril de 1803 y que pronto se convirtió en una de las más populares del autor. Beethoven acrecentó la fama de esta creación y se sumó a los arreglos ya aparecidos de las sinfonías Londres de Haydn.
Otra forma de satisfacer el gusto popular de la época y alcanzar reconocimiento en los salones vieneses fue componer partituras basadas en famosas canciones o melodías. Y Beethoven no estuvo ajeno a esta tendencia y su última publicación para piano, violín y cello fue una serie de variaciones sobre Soy el sastre Kakadu de Wenzel Müller. Aún cuando las variaciones habrían sido compuestas en 1803 por Beethoven, no aparecieron impresas hasta 1824.
Müller fue uno de los compositores más famosos en Viena en la época de Beethoven y su ópera Las hermanas de Praga se estrenó en 1794. La obra fue todo un hit, con 136 presentaciones, y la canción Soy el sastre Kakadu tiene el carácter de la famosa Der Vogelfänger bin ich ja que canta Papageno en La flauta mágica de Mozart. Beethoven transforma el tema de Müller de manera sorprendente, con una portentosa introducción en sol menor, diez variaciones y una coda.
Texto para la página de la Radio Beethoven, a propósito de una audición de los tríos de Beethoven.
Para escuchar los tríos Op. 97 «Archiduque» y Op. 70 Nº 1 «Fantasma» proponemos una reciente y magnífica grabación, editada por Sony, y a cargo de Jos van Immerseel (piano), Vera Beths (violín) y Anner Bylsma (violonchelo), tocadas con instrumentos de época. Read more...
Bernstein: el concierto final
>> sábado, 16 de octubre de 2010

La última etapa de su vida no se pareció en nada a su alegre, despreocupada pero sobre todo intensa y dinámica forma de vida de los años precedentes. Diagnosticado de enfisema pulmonar a sus 20 años, dado su inveterado tabaquismo, se le predijo que moriría a los 30 años. Sin embargo, al inicio de su séptima década de vida, seguía allí… sonriendo y desafiando a su entidad biológica, hasta que en 1989, su cuerpo dejo de responderle.
Los años 1989 y 1990 estuvieron llenos de cancelaciones de compromisos y oportunidades no aprovechadas: Lenny ya estaba al final de sus días mortales.
Bernstein siempre dijo que quería morir en el podium, tal como le ocurrió a Mitropoulos, a medio ensayo de una obra de Mahler. Su vida, sin embargo, le alcanzó para tener dos grandes finales: uno majestuoso… y uno más íntimo, que es menos conocido, pero que en este caso, será el objeto de estas líneas.
Todos recuerdan el grandioso y potente concierto que Leonard Bernstein dio en Berlín con la caída del Muro y la reunificacion de Alemania, donde ofreció una Novena de Beethoven cargada de emoción, con una mélange de músicos del Este y el Oeste (Berlín, Dresde, Nueva York, Londres, París y Leningrado). La Navidad de 1989 nunca será olvidada por esos 78 minutos de música que Lenny ofreció al mundo para simbolizar la importancia del acontencimiento histórico de esa fecha.
Después de esa efemérides de proporciones gigantescas, todavía le quedaron fuerzas para un último Finale muy al estilo de la Novena de Mahler, un Andante potente y misterioso que tocó las almas de 6.000 personas en Tanglewood, la primaveral sede de verano de la Sinfónica de Boston.
Despedirse allí, ¿por qué? Porque allí se cerró el círculo. En Taglewood empezó en 1940 la carrera de director de Lenny como el primero y más aventajado alumno de su venerado maestro Serge Koussevitzky. Precisamente en Tanglewood. Allí, el 11 de agosto de 1990, cuando se celebraba el 50º aniversario de Tanglewood como escuela en el auditorio de Koussevitzky, en la gala en honor de Serge Koussevitzky y su esposa…Lenny se despidió para siempre.
Las obras, igual de simbólicas: los Cuatro interludios del mar de la ópera Peter Grimes de Benjamin Britten. Dicha obra la comisionó Serge Koussevitzky para la Sinfónica de Boston en 1947, y su maestro le encomendó a Lenny que él la estrenara. La obra Arias y barcarolles (transcrita para orquesta por Bright Sheng para esa ocasión), el opus último del Lenny compositor y, finalmente, la obra que en 1958 abrió su primer concierto como director titular de la la Filarmónica de New Yorkm orquesta que marcó la vida de Lenny: la Séptima sinfonía de Ludwig van Beethoven, la que Bruno Walter llamaba «la apoteosis de la danza».
Ese domingo fue un día gris e inusualmente lluvioso en las colinas de Berkshire. De hecho, la grabación recoge en algunos momentos el sonido de la lluvia de afuera y la tos de muchos de los afortunados mortales que asistieron a la obra, quizás afectados por un malestar pulmonar debido a lo inusual del clima de ese día de agosto.
No es la grabación más perfecta de ambas obras, conozco mejores. Sin embargo, desde el primer momento que escuché la lectura de Lenny de ambas partituras sentí una fuerza abrumadora y un sentimiento notable… Eso supera todos los pequeños defectos que un lector avezado pueda encontrar en la grabación.
No haré comentarios a la lectura de la música. Sólo destacaré dos cosas: después de conducir la obra de Britten, Lenny descansó durante la ejecución de su propia obra, encomendándosela a su brillante pupilo Carl St. Clair, con el objetivo de descansar para reunir fuerzas para la Séptima. Lenny estaba mortalmente enfermo y seis semanas después del concierto, habría de morir del enfisema pulmonar que había estado burlando por más de 50 años. En un esfuerzo sobrehumano, heroico, inconcebible para un humano común, Lenny dirigió la Séptima con una fuerza enorme y un tempi reflexivo y misterioso, que muchos encontrarán similar a las lecturas de Klemperer y Celibidache. Yo prefiero decir que Lenny dio su última versión de una gran obra, muy a su propio sentimiento interno, así como en Berlín Lenny invocó tácitamente la bendición de Beethoven cuando en el coro final de la Novena cambió la palabra «Freude» («alegría») por «Freiheit» («libertad»), para enfatizar su mensaje personal al mundo. A los que critiquen esto, les digo que Lenny se ganó a pulso la licencia para hacerlo.
Un último detalle: a la mitad del tercer movimiento [de su interpretación de la Séptima con Boston], Lenny se desplomó hacia atrás y se apoyó de espaldas contra el atril, en medio de un severo ataque de tos. Sin embargo, la orquesta valientemente no se detuvo; hubo algunas vacilaciones en los metales, pero siguieron, y así como ellos, con la ayuda de Dios, de su maestro Koussevitzky y quizá del mismo Beethoven, Lenny siguió hasta el final.
El aplauso final fue estático, electrizante. Creo que Ludwig les hizo coro. Así, amigos, hoy tienen la oportunidad de vivir ese momento… Vívanlo. Pocos momentos en la historia de la música han tenido un Finale como este. El final de Lenny, pero que en su mantra significó el principio de su inmortalidad.
Beethoven - Sonatas Nos. 8, 23 y 14 - Arrau
>> martes, 18 de mayo de 2010
>>HÉCTOR VASCONCELOS
Fragmento del libro Perfiles del sonido
Cuando Claudio Arrau murió en Austria, en junio de 1991, la pianista France Clidat declaró: «No volverá a haber nadie como Arrau». Tenía razón porque Arrau era parte de una estirpe –originada en el siglo XIX y hoy prácticamente extinta– que veía la música como una religión, que encontraba en ella el espacio de lo sagrado. […]
Aunque chileno de nacimiento, vivió en Berlín desde los ocho años de edad y absorbió ese mundo hasta llegar a ser, en su enfoque musical, más alemán que los alemanes; se dio en él (si bien más justificadamente) el mismo extraño fenómeno que hizo de Henry James, de T. S. Eliot o de Wiliam Sargent –nacidos todos en los Estados Unidos–, epítomes de lo inglés.
Pese a que era un hombre completamente imbuido de las filosofías relativistas y escépticas del siglo XX y un ateo convencido, muchas de sus actitudes se habían formado en un mundo aún decimonónico: creía en el arte y en la música como algo que podía ser trascendente […].

Joachim Kaiser, acaso la mayor autoridad alemana en pianistas y literatura pianística, describió a Arrau como «el más noble, el más profundo, el más meticuloso pianista de nuestro tiempo». Hans-Peter Range ha dicho: «Cuando toca el movimiento lento de una sonata de Beethoven, Arrau llega al máximo absoluto de dignidad y solemnidad» […]. Ninguno de los otros grandes beethovenianos –Schnabel, Giesekin, Fisher, Backhaus, Kempff, Serkel, Brendin, Barenboim– logró tal cosa. En ese sentido, fue el pianista más completo de su época, y quizá del siglo [XX].
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Este disco incluye las grabaciones de Arrau de las sonatas para piano de Ludwig van Beethoven Nº 8 (op. 13) «Patética», Nº 23 op. 57 «Appasionata» y Nº 14 opus 27 «Luz de luna», registradas en Países Bajos en 1962, 1963 y 1965.
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Beethoven - Concierto para piano Nº 5 «Emperador» - Gelber - Leitner
>> sábado, 20 de febrero de 2010
Publicada originalmente en Diario UNO de Mendoza

El legendario pianista argentino, admirado en todo el mundo, tocará esta noche [12/09/08] a las 21.30 en nuestra sala mayor, con un repertorio dedicado íntegramente a Beethoven. Como en cada visita, su figura legendaria, su porte de emperador, sus modales y la fama que lo precede, generan mucha expectativa. A tal punto que a la hora de acercarnos a dialogar, tal como estaba acordado, debemos aguardar a que una variada comitiva (desde músicos a algunos visitantes ocasionales) le rinda pleitesía tomándole la mano o arrojándole elogios, a los que él responde con modestia y desenfado. Antes de las tomas fotográficas retoca con maquillaje su rostro («a mí en las fotos me gusta salir bien», le advierte al fotógrafo) y luego se dispone a dialogar con Escenario, sin levantarse de la banqueta, frente al teclado.
–El piano está teniendo buenos debuts. ¿Le ha tocado a menudo tocar en instrumentos tan nuevos?
–Tocamos siempre en pianos muy buenos en el mundo, pero es un lujo asiático tener un piano como éste en Mendoza. Tienen acá el mejor piano de Argentina.
–El programa está dedicado a Beethoven, con algunas obras que imagino, después de años de interpretarlas, ya las tiene grabadas en sus genes. ¿Qué siente al volver a interpretarlas?
–Bueno, por empezar, una enorme emoción y una enorme inspiración. Beethoven «me puede». Siempre me inspira mucho, y al público también. Estas obras creo que son una muy linda conjunción entre su alma rebelde y su inspiración «divina».
–Tendremos el lujo de que toque la sonata Waldstein (Sonata para piano Nº 21), por cuya interpretación ha recibido usted tantos elogios...
–Yo amo todas las sonatas de Beethoven, no hago distinciones. Lógicamente hay algunas más importantes que otras, pero los elogios son algo aparte. A mí me encantan los programas que hago. Lo que sí puedo decir que éste va a ser un combo muy particular, al ofrecer en un solo concierto, dos sonatas juntas.
–No es muy usual. Tampoco ha sido usual que usted se interese por el repertorio del siglo XX, ¿verdad?
–No, al revés. Me interesa el repertorio de mediados del siglo XX para atrás (risas).
–Usted ha actuado con las grandes orquestas del mundo: la Filarmónica de Berlín, la Sinfónica de Viena, las orquestas de Cleveland y Chicago...
–Sí: con todas (risas).
–¿Y qué sucede cuando toca junto a una orquesta más modesta?
–Bueno, yo no pido tener a la Filarmónica de Berlín aquí. Pero en el ensayo la Filarmónica de Mendoza ha tocado muy bien. Me conocen hace mucho. Yo creo que vamos a hacer un concierto muy digno.
–(interrumpe) Pero yo no me «enfrento» al piano o a la orquesta. Hacemos el concierto junto a la orquesta. Es un momento muy lindo el que se comparte y en ese sentido los compositores han dado lo mejor de ellos con sus obras.
–Bueno, no hay que pensar ese «enfrentamiento» como una batalla, sino como el simple estar «frente a frente».
–Sí, y hay conciertos que son para piano con acompañamiento de orquesta, éste será para piano y orquesta (risas).
–Usted toca desde los cinco años. ¿Cómo se hace para mantener una relación tan prolongada con la música, sin que ese «fuego» se apague?
–Hay que sentir la música.
–Claro, pero una cosa es sentirla y otra sentirla como Bruno Gelber...
–Sí, pero eso tiene que ver con el talento. Por lo demás, yo no hago nada. ¿Vos acaso comandás tus sentimientos? De repente sentís y después no. Yo no hago nada, pero tengo ese don de canalizar lo que siento en lo que hago. He tocado este concierto (el Emperador) más de 300 veces, y sin embargo cada vez lo toco con amor y con placer. Los verdaderos amores te sacuden siempre.
–Y si estamos de acuerdo con que no se manejan esos sentimientos, ¿alguna vez sintió que lo abandonaba la pasión por la música?
–Eso me ha pasado más con los seres humanos que con la música (risas). Porque la música no desilusiona, las que lo hacen son las personas.
–Usted y Martha Argerich, las dos grandes figuras del piano que ha dado la Argentina junto a Daniel Barenboim, tuvieron como maestro a Vincenzo Scaramuzza. ¿Hacen falta maestros de esa talla para que vuelva a aparecer un intérprete como ustedes otra vez?
–En la época en que estudié con Martita había grandes profesores enla Argentina. Lo que pasa es que nosotros ganamos premios internacionales y de allí surgieron nuestras carreras. Pero el mismo Scaramuzza tuvo 40 grandes alumnos.
–¿Y qué haría falta para que aparezcan pianistas como ustedes?
–Bueno, Dios esparce el talento de manera muy poco democrática. La única manera de portarse como es debido es ejercitar ese talento.
–¿Qué busca usted en un pianista?
–Lo que me importa es la expresión. El «noterío» lo admiro y los jóvenes tienen gran tentación por la técnica, pero me gusta más cuando consiguen despertar la emoción.
–Parece que nos cuesta en esta charla expresar en palabras qué es lo que hace a un gran pianista. ¿Podemos intentarlo por última vez?
–Es un indescifrable misterio que conjuga al gran artista, músico y buen pianista, con el poder capaz reflejar a los grandes compositores y transmitirlos al público.
–¿Cuándo se dio cuenta de que era un buen pianista?
–Nunca se llega a serlo.
–¿Eso es sólo modestia?
–¡No, es cierto! Se va luchando todos los días, trabajando todos los días. Nosotros requerimos una parte atlética. ¡Yo estudio todos los días! Y me cuido: no fumo, no tomo, no me drogo, hago yoga.
–Su cuerpo estuvo en peligro hace unos años, cuando en un accidente automovilístico se lastimó una mano.
–(Muestra la cicatriz de su mano derecha) Hay restos todavía.
–¿Qué sintió?
–En el momento, horror. Pero pensé que si Dios me mandaba eso era para superarlo y luché denodadamente para recuperarme.
–Usted ha tenido grandes dolores en la vida. ¿Se ha sentido vencido?
–Sufrí la poliomelitis de niño. Sufrí la muerte de mi madre, que era el gran amor de mi existencia. Sufrí este golpe último... He tenido una vida azarosa, pero con el gran placer de ser ciudadano del mundo llevando esto para lo que he sido creado y transmitiendo emoción a todo el mundo. Ése el máximo placer que tengo.
Gelber, en pocas palabrasBruno Leonardo Gelber nació en Buenos Aires en 1941. Toca desde los 5 años. Fue pupilo de Scaramuzza y dio su primer concierto a los 8.
Ha actuado bajo la batuta de leyendas como Lorin Maazel, Sergiù Celibidache, Antal Dorati, Riccardo Chailly, Kurt Masur, Mtislav Rostropovich, Bernard Haitink, Klaus Tenndsted y las mejores orquestas del mundo.
La crítica lo considera uno de los mayores pianistas del siglo XX. Ha recibido numerosos premios y grabado una infinidad de discos memorables.
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Una muestra del arte de Bruno Gelber puede apreciarse a continuación, con su versión del Concierto para piano Nº 5 «Emperador», de Ludwig van Beethoven, junto a la Philharmonia Orchestra dirigida por Ferdinand Leitner.
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Beethoven - Sonatas opp. 26, 14 & 28 - Perahia
>> viernes, 15 de enero de 2010

Pero algo cambió en el principio de la última década del siglo pasado: Perahia se raspó el dedo con una hoja de papel y sufrió un pequeño corte. La herida derivó en una infección, un tratamiento fallido con antibióticos y complicaciones que llegaron a comprometer el hueso de su mano. El resultado: Perahia pasó cinco años sin tocar, viviendo un infierno de incertidumbre que recién acabó en 1998, con su vuelta a las interpretaciones y la grabación de un disco con piezas de Schumann.
A diez años de ese regreso, Perahia reaparece con fuerza en las bateas argentinas gracias a su disco con las sonatas opp. 26, 14 y 28 de Ludwig van Beethoven, repertorio éste en el que no ha indagado demasiado (sólo constan dos discos con sonatas del compositor alemán).
Esta grabación del estadounidense nos permite sorber plácidamente todo lo que constituye el rasgo principal de su arte interpretativo: una abrumadora elegancia, un planteo semi-objetivo de gran transparencia y una riqueza técnica sin artificios.
Esas virtudes son particularmente tangibles en su interpretación de la Sonata Nº 12 op. 26 o en la más célebre Nº 15 op. 28 Pastoral. Sobresalen en ambas sendos scherzos y, en la primera, también la marcha fúnebre, en la que Perahia lleva con increíble firmeza el ritmo de la misma hasta que el estruendoso final arriba con tal naturalidad que parece hacernos olvidar que comenzó mucho más tenuemente.
Ni qué decir de las dos sonatas que conforman el opus 14, donde otra vez, el pianista hace que la transparencia de su interpretación exalte la partitura hasta darle a esas obras una fuerza casi orquestal.
El sonido de la grabación, realizada en la imponente Rundfunkzentrum de Berlín, es casi perfecto. Notable reverberancia y limpidez, pero también cierto golpeteo que se cuela en los momentos de más tensión de las partituras. Esto, sin embargo, no alcanza a opacar, ni por lejos, lo que Perahia ofrece en este disco muy recomendable.
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Nikolaus Harnoncourt a sus 80 años
>> miércoles, 9 de diciembre de 2009
>> SIMON MORGAN (agencia AFP)
Traducción de Fernando G. Toledo
VIENA- Hubo un tiempo en que Nikolaus Harnoncourt, el conductor austríaco que cumplió 80 años el domingo 6 de diciembre, era vilipendiado por el establishment musical de Viena.
Harnoncourt es uno de los pioneros de lo que se conoce en música clásica como «historicismo» o «práctica de interpretación de época». Y si nos remontamos a los años 1950, cuando él creó su ensamble de instrumentos antiguos Concentus Musicus, su insistente cuestionamiento a las normas establecidas para la escena de la música clásica generó furia en la capital de Europa.
La idea de interpretar música renacentista, barroca y preclásica mediante el uso de técnicas que remiten a esos períodos y a esos instrumentos históricos antes que a sus equivalentes modernos, hicieron que obras muy conocidas de Bach, Haydn y Beethoven sonaran totalmente nuevas y poco familiares.
Así fue que los conciertos de Concentus Musicus fueran usualmente objeto de burlas de los críticos y de boicots de sus colegas músicos.
Hoy en día, sin embargo, los conciertos de Harnoncourt –sea con Concentus Musicus o con modernos ensambles instrumentales como las filarmónicas de Viena o Berlín– se realizan siempre con localidades agotadas.
Harnoncourt tiene su propio festival veraniego musical, el Styriarte, en la ciudad de Graz, donde creció.
Y la ORF, televisión pública, ha tenido en cuenta el 80º aniversario del maestro televisando en vivo el estreno –con Harnoncourt en la batuta– de una nueva producción de la rara vez interpretada El mundo de la luna, de Haydn, en el teatro de la Ópera de Viena.
Teniendo en cuenta que se trata de un hombre que mira ya su novena década, Harnoncourt tiene una agenda que desalentaría a cualquiera que tenga incluso la mitad de su edad.
Además de El mundo de la luna, que dirigirá seis veces entre el 5 y el 22 de diciembre, también tiene previstos cuatro conciertos con la Filarmónica de Viena del oratorio El libro de los siete sellos, de Franz Schmidt (1874-1939) en Viena y Linz.
Harnoncourt vuelve a la capital austríaca, a la legendaria sala de conciertos Musikverein, con su Concentus Musicus en enero, marzo y junio, y dirigirá el Idomeneo de Mozart en la Casa de la Ópera de Zurich en febrero y marzo.
(…) Hace poco, el maestro de altas y espesas cejas fue obligado a posponer una serie de conciertos en el Musikverein (en octubre) por problemas de salud. Del mismo modo, se vio obligado a levantar una nueva producción de Lulu, de Alban Berg, en el Festival de Salzburgo.
Por las venas de Harnoncourt corre sangre azul. Nacido como Johann Nicolaus de la Fontaine und d’Harnoncourt-Unvezagt el 6 de diciembre de 1929, en Berlín, es hijo de una nieta del archiduque de Habsburg y de un conde austríaco.
Mostró muy pronto un profundo interés en las artes y estudió violonchelo en la Academia de Música de Viena, llegando a ingresar como chelista de la Orquesta Sinfónica de Viena en 1952.
Pero el autoritarismo de los directores enfureció a su intelecto rebelde.
Su intensa investigación de los instrumentos históricos y las prácticas de interpretación de época lo llevaron a crear el Concentus Musicos en 1953 y con él comenzó a dar conciertos en 1957.
Años después, las ideas de Harnoncourt han tenido mayor cabida, y ahora aun las mayores orquestas de instrumentos modernos del mundo, como las filarmónicas de Viena y Berlín, utilizan elementos de práctica de época, así como articulación, tempi, fraseos y ausencia de vibrato.
Sin embargo, Harnoncourt odia las etiquetas. «No me gusta la palabra “autenticidad”. Es peligrosa. No me interesa la música en un museo. Mi intención no es convertirme en guía turístico de las obras de Bach», ha dicho Harnoncourt en una entrevista.
Él no se restringe exclusivamente a la música antigua y conduce y graba repertorio de clásico a romántico e incluso música del siglo XX.
El año pasado, dirigió la ópera de Stravinsky The Rake’s Progress y la de George Gerswhin Porgy and Bess.
Asimismo, en su lista de deseos aparecen «varios obras de Bartok y Berg». Sin embargo, dice, «no me puedo imaginar una vida donde todos los deseos de alguien puedan ser realizados».
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Como homenaje al gran maestro ofrecemos la que es, en opinión del traductor del texto precedente, la mejor versión grabada de la Sinfonía Nº 9 de Beethoven. Se trata de una obra con mucha competencia discográfica y de seguro esta elección será polémica. No es fácil soslayar las célebres versiones de Willem Furtwängler con la Orquesta del Festival de Bayreuth o las dos versiones de Herbert von Karajan con la Filarmónica de Berlín. Sin embargo consideramos que en este abordaje en el que la Chamber Orchestra of Europe combina instrumentos de época con los convencionales se consigue la mejor de las versiones hasta ahora grabadas. El plantel se completa con: Charlotte Margiono (soprano), Birgit Remmert (contralto), Rudolf Schasching (tenor), Robert Holl (bajo) y el Coro Arnold Schoenberg. La grabación es de 1991.
Bernard Haitink a sus 80 años
>> jueves, 26 de noviembre de 2009
Este año 2009 ha sido abundante en efemérides musicales. De particular mención están el bicentenario del nacimiento de Félix Mendelssohn Bartholdy, que coincide con el bicentenario de la muerte de Franz Joseph Haydn. De igual manera se cumplieron 250 años de la muerte de Händel. Entre aniversarios de talentos aún vivos y activos, uno de los más importantes es el arribo a sus 80 años del renombrado e insigne maestro holandés Bernard Haitink, quien en la actualidad es reconocido como una de las mejores batutas activas del mundo.
Nacido el 4 de marzo de 1929 y con una trayectoria artística de más de 50 años, Haitink ha sido el último director en mantener la línea artística e idiosincrasia de la que aparece este año como la mejor orquesta del mundo, como es la Koninklijk Concertgebouw. Formado bajo la égida de Ferdinand Leitner, Haitink fue adquiriendo trayectoria como director de las orquestas de la Unión de Radios Holandesas, hasta que en 1956 su seguro sueño se cumplió y le correspondió sustituir a Carlo Maria Giulini empuñando la batuta de la orquesta Concertgebouw. Pronto fue designado director invitado regular, y luego de la inesperada muerte de su entonces titular, Eduard van Beinum, en 1959, Haitink fue designado en conjunto con Eugen Jochum como co-titular de la orquesta en 1961. A partir de 1963 Haitink pasó a ser la única cabeza de la orquesta, titularidad que mantuvo hasta 1988, cuando no de la mejor manera tuvo que separarse del puesto.
Entre otros cargos ostentados por el maestro holandés han estado la titularidad de la London Philharmonic, la Glyndebourne Festival Opera Orchestra, la Staatskapelle Dresden, y desde 2006 la Sinfónica de Chicago, en una especie de interregno provisional hasta que el Sr. Riccardo Muti empuñe la batuta definitiva en 2010. La colaboración de Haitink con las más renombradas orquestas del mundo está bien documentada en disco. Entre los honores recibidos por el maestro están el premio Erasmus de 1991, la imposición de la Orden de la Casa de Orange-Nassau, y su nombramiento como Caballero de Honor por parte de la Reina de Inglaterra.
La experiencia de quien escribe con este director se remonta a los inicios de la vida universitaria, cuando creía que solo existían dos nombres: Herbert von Karajan y Leonard Bernstein. Llegó un día en que en una reunión de amigos de la Uni, nos pusimos a escuchar una grabación de la Quinta sinfonía de Tchaikovsky. Habiendo quedado boquiabiertos con la interpretación, nos preguntamos quiénes tocaron eso. Leyendo los ejecutantes en aquel viejo cassette se leía el nombre de un tal Bernard Haitink, y de allí nació mi seguimiento a este artista a través de los años. Fueron apareciendo más y más discos de su repertorio (Mahler, Bruckner, Beethoven, Brahms, Schumann, Ralph Vaughan Williams, Shostakovich…) y siempre me propuse como meta llegar a verlo en persona un día.
Finalmente ese día llegó, a propósito de la inauguración de Haitink como titular de la Sinfónica de Chicado en 2006. Pude tener el privilegio de ir a Chicago a verlo y escucharlo. La obra interpretada fue la Tercera de Gustav Mahler y el momento sin duda inolvidable. Haitink es un hombre modesto y reservado, de gestos parcos, la antítesis de los directores de candilejas que abundan hoy. Impacta de inmediato su rápida conexión con los músicos a su cargo, por los cuales manifiesta en todo momento un gran respeto. La gestualidad de Haitink es siempre discreta y elegante, para él no caben gestos simiescos à la Rattle o à la Dudamel, o las contorsiones balletísticas a la Bernstein. Haitink se compenetra sinceramente con la música que dirige y se desempeña como un auténtico Kapellmeister. Al finalizar aquel concierto al que asistí, tras las largas ovaciones, el maestro se acerca a cada uno de los músicos y solistas y partes de los coros y les alza los brazos, dando a entender que cada parte del equipo es importante y que todos valen por igual. Al haber visto en video otros conciertos vemos que su actitud siempre es la misma.
Considerado ligeramente por algunos como un director frío y carente de pasión, Haitink más que frío es un intérprete objetivo, fiel a la partitura, pero esta objetividad para nada le resta toda la pasión, drama y energía que hay que imponer, pero donde corresponde, nada de rubatos, explosiones histéricas, intervencionismos chapuceros ni manierismos deformantes. Haitink siempre ha entendido y transmitido que primero está la música y que el director es sólo un indicador para dar cohesión y armonía a todo el conjunto orquestal. Como lo señala la extensa discografía que hasta ahora nos deja, Bernard Haitink demuestra mantenerse en la línea dejada por directores como Karl Richter, Felix Weingartner y hasta cierto punto su antecesor holandés, el gran Willem Mengelberg. Que no finalice este 2009 sin hacer un justo reconocimiento a una de las más grandes batutas existentes y extenderle unas felicitaciones que probablemente nunca lea, pero que no por eso dejan de ser sinceras.
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A continuación compartimos las tres grabaciones en vivo que, también como homenaje por los 80 años de Haitink, han puesto a disposición del público la Royal Concertgebouw Orchestra y la radio Avro. Estas versiones, a diferencia de las originalmente ofrecidas, incluyen los cortes entre movimientos, gentileza de la casa.


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