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Lacrimosa - Elodia

>> martes, 6 de abril de 2021



Límites oscurecidos



El vicio rotulista del periodismo a veces se enfrenta a desafíos difíciles de sortear. Uno de ellos puede ser Lacrimosa. ¿En qué género considerar a una banda alemana que, bajo una propuesta inicialmente gótica, acaba produciendo discos que casi podrían integrar un catálogo de música clásica?

Lacrimosa es un proyecto casi unipersonal de Tilo Wolf, un joven que grabó a principios de los 90 Angst, un disco encuadrable en los cánones góticos (mezcla de metal, dark y glam-rock) pero que, tras las pistas de su pasión por la música clásica, fue combinando sus canales de expresión hasta llegar a Elodia (1999), un disco extraño, directamente sinfónico, de ambiciones operísticas, ropaje rockero y entramado pop.

La placa, cuyo nombre remite a una incierta diosa de la mitología griega, tiene muchos atractivos, y uno de ellos es el ensamble que lo interpreta, ya que a la formación estable de Lacrimosa (Tilo Wolf en voz, piano, composición y arreglos) y Anne Nurmi (voz, teclados y coros), se suman la Orquesta Sinfónica de Londres, músicos de la Orquesta Estatal de Hamburgo, y la banda acompañante (guitarras acústicas y eléctricas, bajo, batería).

El afán preciosista y presuntuoso de Wolf, que se empezó a vislumbrar en Einsemkeit (1992) y fue creciendo con la incorporación de Nurmi en 1994, alcanza en Elodia una expresión máxima. No hay muchos secretos en ello, por más que el concepto de Wolf pretenda ser complejo: hay buenas melodías y excelentes arreglos orquestales, así nada más. Es cierto que los cantantes dotan a sus interpretaciones de una fuerza, un exotismo y hasta un erotismo peculiares, y ello suma virtudes al disco. Pero a veces lo más importante son las buenas canciones, y para Lacrimosa ese es apenas el punto de partida.

En Am Ende der Stille, la pieza de apertura, hay algo del Requiem de Mozart, y Wolf no busca ocultar sino resaltar esa afinidad. Pianista sensible, aunque con algunos tics románticos, y cantante de voz pérfida como pocas, el cerebro de Lacrimosa se luce aquí en todos los niveles: su registro vocal riega de brumas los ocho minutos de desgarrada melodía, y la orquesta parece nacida para sostener ese tono. Un poco más tarde, la segunda canción (Alleine zu Zweit, un verdadero hit), pone frente a frente a Wolf y Nurmi en un dueto que no envidia en nada a los más célebres de la música pop melódica, pero a fuerza de arreglos, textos retorcidos y oscuridad, evitan hundirse en ese fango.

Halt mich se inicia como una pieza de cámara barroca, y de inmediato la batería modernosa pone las cosas en orden, y bajo su rigor, las cuerdas y los vientos de madera entretejen un intrincado tema en el que Tilo Wolf alcanza una gran interpretación vocal. The turning point está cantada en inglés y por ello desentona, por más que el acento germánico de Nurmi tamice el efecto. Es este también el tema que más concesiones hace, por su formato más convencional, aunque la partitura de la cantante está, una vez más, perfectamente arreglada con flautas y cuerdas que no permiten que se rompa el clima general de Elodia. 

Acto seguido, Ich verlasse heut’ Dein Her, que tiene toques jazzísticos, pone las cosas en orden, a pesar de que aquí la orquesta cede protagonismo a la vigorosa guitarra eléctrica de Jay P.

Si, luego, el tema Dichu zu toten fiel mir schwer es una más radical mezcla por partes iguales de música orquestal y heavy metal, inmediatamente Sanctus nos retrotrae al inicio puramente mozartiano del comienzo, y sus 14 minutos tienen un espectacular desarrollo emotivo, con las voces combinadas de Wolf y Nurmi y una nueva oportunidad para admirar el talento compositivo del cantante (a esta altura es bueno recordar que su formación es autodidacta). Am Ende stehen wir zwei es el verdadero final, y tiene aires apoteósicos, ya que poco a poco se integran a la canción las voces principales, la orquesta, la banda y un coro.

El universo musical puede ofrecer sorpresas insospechadas. Y si bien la música de Lacrimosa es bien conocida por sus fieles repartidos en todo el mundo, la mejor manera de acercarse a ella es oír, por ejemplo, Elodia por primera vez. El disco es una muestra de cuán borradas están las barreras musicales. Para bien o para mal.

Gracias a Acalobajas por el enlace.


Ficha

Elodia
Intérprete: Lacrimosa. Invitados: London Symphony Orchestra, Rosenberg Ensemble y músicos de la Hamburg State-Opera. Origen: Alemania. Año: 1999. Sello: Hall of Sermon (BMG).

Para seguir escuchando:
Echos (2003), de Elodia.
De profundis (1994), de After Crying.
Mozart: Requiem (1962), por Berliner Philharmoniker, dirigida por Herbert von Karajan.

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Genesis - Selling England by the Pound

>> sábado, 16 de febrero de 2019



Poesía y belleza del mejor Genesis



Un nombre no basta para identificar a un grupo y he aquí una prueba: la discografía de Genesis comienza en 1969 y se extiende hasta estos días. Pero sería un error, tal vez, pensar que hay una clara unidad en las etapas de su vida musical. Cierto es que los artistas atraviesan procesos y que no sería reprochable que explorasen estéticas nuevas que le otorguen libertad a su propuesta: Los Beatles, por caso, no se parecen entre Please, Please Me (1963) y Abbey Road (1969). Lo que sí muestran es una evolución y no un retroceso.

En Genesis y contra lo que a los oyentes que descubrieron al grupo en los ’80 les pueda parecer la música era en los ’70 una arcilla virgen a partir de la cual todo se podía hacer por vez primera. Luego, la premisa comercial y quizá una entendible fatiga ante el compromiso de realizar obras más complejas, hicieron de la cada vez más desbandada banda un producto de FM.

Desde su tímido debut (From Genesis to Revelation), el conjunto liderado por Peter Gabriel tuvo el afán que los restantes músicos que adhirieron al rock progresivo ponían por delante de todo: la riqueza instrumental, la exploración, la certeza de que esta música podía parangonarse con la culta. Y ya con discos posteriores, pero sobre todo con Nursery Cryme y Foxtrot, Genesis dio a luz una música magistral. Tenía materia prima para hacerlo: al poderoso genio de Gabriel (voz, flauta, percusión, oboe) había que sumarle al virtuoso Steve Hackett (guitarras), al exquisito Tony Banks (teclados), al versátil Mike Rutherford (bajo, guitarra, sitar) y al futuro discutido líder, Phil Collins (batería, percusión, voces).

Si las obras anteriores son consideradas cimas en el rock sinfónico, 1973 deparará uno de los álbumes más hermosos jamás grabados, y también más ricos líricamente. Selling England by the Pound seducía desde su portada: al provocativo título (algo así como «vendiendo Inglaterra por libras -kilos-») se le sumaba una estupenda pintura en cuyo centro se veía a una mendiga dormida sobre un banco de plaza.

La tierra baldía

Era una imagen perfecta que a la vez se ilustraba con una canción interna, pero tenía un primer epígrafe en Dancing with the Moonlit Night, la pista de apertura. No se trata de una mera canción: es una pieza maestra desbordada de belleza en la que nada parece quedar librado al azar.

Si aquí la voz de Gabriel que empieza a capella es uno de sus más altos momentos vocales, la música no le va en zaga. Climas hipnóticos, brillantes arreglos de piano y Mellotron, solos de guitarra punzante y rasgueos acústicos, una flauta sutil, una percusión poderosa... Y, por si fuera poco, la poesía de su letra.

No hace falta dejar correr demasiado las palabras para, después de la alusión al Manifiesto del Partido Laborista Británico, encontrar un parentesco con The Waste Land (La tierra baldía), de T. S. Eliot. Hay aquí también un paisaje desolado, identificable con Londres. Y están también los personajes comunes, la polifonía de discursos, las citas a Los Caballeros de la Mesa Redonda.

La tentación de repetir la canción mil veces es mucha, pero sería un error si se pone a andar el disco: a Dancing... le sigue I Know What I Like (In Your Wardrobe), el tema inspirado en el cuadro de la tapa, una canción colorida de instrumentos y quizá preámbulo de la etapa solitaria de Gabriel.

Luego, otra canción monumental: Firth of Fifth, de una complejidad instrumental (altos momentos de Banks y Hackett) que se disimula merced a una melodía cambiante, pero de gran pureza.

Un punto negro en el recorrido del disco está en lo que viene: More Fool Me, un tema cantado por Phil Collins en el que el baterista elige un falsete que no le queda bien para una canción intrascendente y que no aporta en nada a la obra total.

Por suerte, The Battle of Epping Forest viene a poner las cosas en orden: una canción épica sobre una banda callejera en la que brilla de nuevo la lírica, y la música, lejos de los lucimientos particulares, se acomoda casi operísticamente al sentido de la historia que cuenta.

El instrumental After the Ordeal es hermoso, y cumple una función: introduce a la manera de leitmotiv algunas sonoridades ya oídas para dar sensación de completo y dar paso a otra partitura grandiosa: The Cinema Show.

Regresan en ella las sutilezas, los personajes literarios, la voz perfecta de Gabriel, con coros de Collins, ahora sí acordes. Son 11 minutos inolvidables desde la primera escucha. Como despedida, Aisle of Plenty repite la melodía de la primera canción, con nueva letra, y se cierra uno de los mejores discos de rock grabados en la década.

A Genesis le quedaría al menos un disco mayor todavía (The Lamb Lies on Broadway) para aprovechar el liderazgo de Peter Gabriel, antes de un paulatino abandono por el progresivo sinfónico y el arrojo hacia los brazos más cómodos del pop. Quizá haya uno, dos y hasta tres Genesis, está dicho. Pero el de Selling England by the Pound, qué duda cabe, es el mejor de todos.

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Mahler - Sinfonía Nº 5 - VV.AA.

>> jueves, 20 de agosto de 2015



Cinco Quintas por las «cinco grandes»


El trabajo de talentosos directores, el crecimiento interpretativo de los ensambles orquestales y el auge de las grabaciones fonográficas hicieron, desde mediados de los años ’50 del siglo pasado, que se hablara usualmente de las Big Five Orchestras, es decir, las cinco mejores orquestas estadounidenses. En ese honroso puesto se ubicaban la New York Philharmonic (en esos tiempos liderada por Leopold Stokowski y Dimitri Mitropoulos), la Boston Symphony Orchestra (Charles Munch), Chicago Symphony Orchestra (Rafael Kubelik y luego Fritz Reiner), Philadelphia Orchestra (Eugene Ormandy) y The Cleveland Orchestra (George Szell).

Es por esos años, mediados del siglo XX, cuando la música de Gustav Mahler comienza a ganar espacio y predicamento, en gran medida gracias a la mayoría de esos directores y esas agrupaciones, que junto a las aun más prestigiosas del otro lado del océano (Koninklijk Concertgebouworkest Amsterdam, Wiener Philharmoniker, Wiener Symphoniker, London Philharmonic, London Symphony Orchestra, Ceska Filharmonie, Runfunk-Sinfonieorchester Leipzig) programaron en sus conciertos las sinfonías y canciones del compositor austríaco. Una década más tarde, la labor apasionada de Leonard Bernstein, sumada a la de otros directores, hicieron posible que «el tiempo de Mahler llegara».

Como un modo de celebrar la larga relación entre las big five y la música de Mahler, ofrezco aquí un juego con el número cinco: cinco grabaciones de la Sinfonía Nº 5 de Mahler por las cinco grandes orquestas estadounidenses.

Las versiones

No he elegido, entre las opciones disponibles, las más previsibles. Si bien con la orquesta de Chicago tenemos tres Quintas registradas por brillantes batutas mahlerianas (dos de Georg Solti y una de Claudio Abbado), ofrezco una más polémica y menos transitada: la de Daniel Barenboim.

Con la orquesta de Philadelphia, en tanto, si bien tenemos una atesorable grabación en vivo de Hermann Scherchen y una en estudio de gran calidad de James Levine, propongo una de las dos más recientes (la otra es de Cristoph Eschenbach): la del joven titular de la orquesta, Yannick Nézet-Séguin.

En tanto, de la Filarmónica de Nueva York (a la que le cabe el honor de ostentar la primera grabación íntegra de la Quinta de la historia, con Bruno Walter en la batuta), he escogido la notable lectura de quien fuera su titular por trece años: Zubin Mehta [ya mencionada en el recorrido por la discografía esencial de esta obra].

La  Boston Symphony Orchestra ha dejado registradas dos Quintas de Mahler: una, de 1963, con Erich Leindorf en la dirección. La otra, que elegimos aquí, la del ciclo de Seiji Ozawa para Philips (1990).

Por último, la Orquesta de Cleveland –quizá la que ha tenido más directores titulares afines a Mahler (Leinsdorf, Szell, Boulez, Maazel)– sólo tiene una versión de la Sinfonía Nº 5 inscripta en la discografía oficial: la que el maestro Christoph von Dohnányi dejó para su ciclo inconcluso para Decca en 1998.

Acaso este recorte parcial permita ilustrar de algún modo la relación histórica entre las orquestas estadounidenses y Mahler, quien fue titular de la Filarmónica de New York en los albores del siglo XX, orquesta con la que, además, dirigió el último concierto de su vida.



The Cleveland Orchestra - Christoph von Dohnányi (1988)

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New York Philharmonic - Zubin Mehta (1989)

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Boston Symphony Orchestra - Seiji Ozawa (1990)

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Chicago Symphony Orchestra - Daniel Barenboim (1997)

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The Philadelphia Orchestra - Yannick Nézet-Séguin (2010)




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King Crimson - Red

>> miércoles, 12 de agosto de 2015



La roja estocada de King Crimson



King Crimson ya era una banda mayúscula cuando, en 1974, Red salió a la calle. Con su debut (In The Court Of Crimson King), el grupo londinense se había ganado un lugar en la inmortalidad, pero sus aportes continuaron con una seguidilla impresionante de piezas maestras.

 Versátil como pocos, el guitarrista Robert Fripp (alma máter del grupo) soportó el recambio constante de las formaciones y ahora tenía a su lado al cantante y bajista John Wetton y al ex baterista de Yes Bill Bruford, quienes junto al violinista David Cross y ocasionales invitados habían grabado dos placas fundamentales como Lark’s Tongues In Aspic y Starless and Bible Black. Pero de pronto, y mientras más afiatada sonaba esta formación, Fripp se decide a dar un golpe de timón: reduce el grupo a un power-trío, pone a Cross como convidado y convoca a algunos músicos de discos anteriores para dar una estocada última antes de disolver el grupo. El final no sería tal, claro (seis años más tardes, King Crimson volvió al ruedo), pero Red acabó siendo un disco extraordinario, con cinco composiciones que engalanaron una discografía admirable y que todavía hoy encandila con su brillo.

Repasar el disco en palabras es una delicia y, a la vez, una injusticia. Pero el esfuerzo vale la pena. El instrumental Red abre el fuego, y para hacer honor al color, resulta una pista «incendiaria»: hay algo de bramido en la guitarra de Fripp, en el bajo de Wetton. Hay color y potencia en la batería múltiple de Bruford, y hasta en los violines que multiplica el ronco Mellotron (¿a cargo de David Cross?). Que algunos vean aquí algo del grunge que 20 años más tarde llevaría a la fama a los grupos de Seattle no es extraño si se atiende exclusivamente a esa potencia sonora que Red despliega, pero hay que decir que aquí no hay gestos ni muecas, no hay bravuconadas. Hay sólo genio.

Después de tanta intensidad, Fallen Angel (que amenaza en el preludio a seguir la posta del tema antecedente), ofrece un cálido reposo. Se trata de una balada más cercana a las de Lark’s Tongues… También acá Wetton se deja ver no sólo como un cantante vigoroso y dotado, sino también como un sutil ejecutante del bajo. La banda recupera en esta canción los vientos de Ian McDonald y Mel Collins, dos «ex» . Sus saxos, más el oboe de Robin Miller (y al final, la trompeta de Marc Charig) se ubican por detrás de la voz del cantante, en ocasiones, y del solo de Fripp en otras, pero recrean una pared melódica que le da peso específico a un tema cuya lírica de Palmer-James (mucho menos inspirada que la de Peter Sinfield, el letrista anterior) le canta a un pandillero de Nueva York.

One More Red Nightmare reedita el furor de la primera pista. Ritmo, unas bases endemoniadas y una penetrante guitarra eléctrica hacen de ésta una canción imposible de desatender. Pero lo que tiene de sensual no hace mella en su riqueza interna. En el intermezzo, por ejemplo propone un rico punteo de guitarra que el saxo de Collins sazona con pasión.

Providence continúa la línea del tema Lark’s Tongues In Aspic Part 1 y, también, la pertenencia de la música crimsoniana al universo de la música culta. Siguiendo cierto expresionismo propio de Stravinsky, Bartók, este tema (que no desecha la improvisación) no se parece en nada al resto de los títulos. Comienza con el violín de David Cross que va y viene, mientras invita al resto de los instrumentos (bajo, saxos, batería, teclados y guitarras) a sumarse a la juerga. Son ocho minutos notables y desafiantes, que bien podrían estar firmados por un Luigi Nono o un György Kurtág, por nombrar sólo a dos compositores destacados del siglo anterior.

Luego, el final del disco termina siendo apoteótico: Starless, quizá la más bella de las canciones de Crimson, podría ser una simple balada. Comienza con un misterioso tapizado de Mellotron sobre el que Fripp pone de inmediato la melodía principal con su guitarra mágica. Pero luego de que Wetton, Fripp desarrollan el tema viene un impresionante crescendo que da cabida a todos los instrumentistas del álbum, en cuatro minutos magníficos tanto melódica como interpretativamente. Tras el vendaval, el reposo baladístico retorna y se repite, como se repite la frase del estribillo que alude al título del álbum precedente del grupo, «Starless and Bible Black».

Si Starless clausura tanto el álbum como esta formación legendaria de King Crimson, es por contrapartida mucho más lo que se abre después de este disco. Es que Red caló hondo en las bandas progresivas y en el rock todo, y resultó germen para numerosos grupos cuya enumeración demandaría más que una simple página. Si el disco fue considerado en los ’70 una pieza maestra, hoy no les menos. El tiempo en este caso le ha agregado dos virtudes: a 30 años de su edición, Red suena todavía actual, y además, imprescindible.

Publicado en la columna Oído fino, en Diario Uno de Mendoza (2005)

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Mahler - Sinfonía Nº 5 - Scherchen (Viena)

>> lunes, 3 de agosto de 2015



En enero de 2011 ofrecí, desde este blog, mi aporte al recorrido de la discografía esencial de Mahler, con el turno de la SinfoníaNº 5, compuesta a principios del siglo XX por el compositor austríaco. Por ese entonces, mencioné al pasar los aportes del director alemán Hermann Scherchen a la partitura: pensaba, en esa ocasión, que el carácter polémico de sus lecturas no lo hacían encajar en la serie de «esenciales» de la Quinta sino, más bien, entre las versiones «peculiares».

El tiempo, las nuevas escuchas y el aporte de lecturas, me ha llevado a rever esa decisión y por ello he querido sumar a aquel ensayo, un capítulo dedicado a al menos una de las versiones de la Sinfonía Nº 5 por Scherchen. Debido a que, en cierto modo, también el escrito tiene cierta independencia, lo publico ahora aquí. Una decisión similar he tomado con la serie de artículos de la Sinfonía Nº6. Allí, la versión de Scherchen, merece también su inclusión, que aparecerá en breve. Con estas puntuales actualizaciones, retomamos el trabajo (lento y esforzado, pero placentero) de ofrecer una serie de escritos con la «discografía esencial» para Mahler. Esperemos darla pronto por concluida.


Una Quinta de Scherchen sin cortes

Las lecturas del director alemán Hermann Scherchen (1891-1966) se cuentan entre las más polémicas. Y no hablamos sólo de las partituras de Mahler, sino de la mayoría de las que abordó con su estilo personal. Lo innegable: jamás nos dejan indiferentes.

De todas las obras de Mahler, la Quinta fue la obra que Scherchen más interpretó y grabó. Contamos con cuatro registros oficiales de esta sinfonía con su batuta, y sin embargo sólo uno de ellos (el único, por cierto, en estudio) no está lastrado por el elemento más polémico de todos: los cortes con que solía intervenir las partituras.

Las razones de esos cortes se desconocen, pero sin embargo no son insólitos: el propio Mahler era afecto a hacerlos en las obras que dirigía. Vale decir, igualmente, que incluso con esos recortes –que en esta obra aplicó ¡al Scherzo y al Finale!– las rendiciones de Scherchen son notables. Como fuere, para una discografía «esencial», como se propone esta, creemos que hemos de elegir su versión con la Wiener Staatsopernorchester (es decir, la Filarmónica de Viena), publicada en 1953. Dejamos de lado, entonces, las versiones con la Sinfónica de la RAI (1962), con la Philadelphia Orchestra (1964) y con la Orchestre National de l’ORTF (1965).

Si salimos de excursión por las versiones históricas de la Quinta, el paso de la versión de Walter de 1947 a la de Hermann Scherchen con la orquesta de Viena puede dejarnos sumidos en el estremecimiento. Nada hay de elegancia y frialdad en este conductor. El trio del primer movimiento, con su aceleración frenética, bien lo muestra, y permite dejar atrás un comienzo algo distante con el solo de trompeta (en todo este movimiento se destaca más su versión con la Orquesta de la Radio Francesa). Ya en el Stürmisch bewegt, Scherchen ingresa en el campo que mejor domina, y arrastra al cuerpo orquestal a una furia notable: esa furia quizá explica el golpe de timbal con el que cierra este movimiento... aunque no figure en la partitura. 

Luego, ciertamente podremos encontrar mejores versiones del Scherzo, pero ciertamente pareciera que en él Scherchen se adelanta a lecturas posteriores, con su abordaje moderno del mismo. Al Adagietto le pone la dosis justa de lirismo sin caer en la extrema melancolía de su versión con la Philadelphia Orchestra y, finalmente, en el Finale el maestro alemán nos lleva a un recorrido como quien nos hunde en una novela a la que de pronto hemos comenzado a protagonizar, identificándonos con la emoción de esta música magnífica. 

Por su valor documental, por su novedad y su fuerza, esta versión de la Quinta por Scherchen es sin dudas ineludible, aunque no pueda catalogarse como paradigmática. 


También en Oído Fino: Discografía esencial de la Quinta sinfonía de Mahler.

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Mahler - Sinfonía Nº 6 + Preludio sinfónico - N. Järvi

>> sábado, 11 de julio de 2015


Mahler, según Neeme Järvi


Una discografía profusa, una heterogeneidad notable en los estilos y un vigor que resalta a la primera oída podrían apuntarse como las cualidades más salientes de la batuta de Neeme Järvi (Estonia, 1937). El director ha sido, por lo demás, una presencia constante en orquestas de distintas latitudes, para algunas de las cuales (entre ellas, Royal Scottish National Orchestra, Detroit Symphony Orchestra y especialmente la Göteborgs Symfoniker) su tarea ha resultado fundamental en su crecimiento cualitativo.

Alumno de Mravinsky, Järvi ha puesto su batuta solvente y vibrante al servicio de partituras tan diversas que difícilmente hubiera podido así (a menos que fuese un verdadero genio) ofrecer de todas ellas lecturas magníficas. Sin embargo, ha conseguido para muchos ser referencial debido a su pasión por dirigir, a la par del repertorio más transitado, obras de compositores no del todo difundidos: Arvo Pärt, Franz Schmidt, Rudolf Tobias, Wilhelm Stenhammar, Niels Gade, entre otros.

Junto a ellos, en concierto y en disco, ha grabado la obra de numerosos compositores, y se ha destacado con algunas versiones de Shostakovich (la Sinfonía Nº14, con la orquesta sueca), Sibelius (Kullervo) o Strauss (Ein Heldenleben). También ha realizado ciclos sinfónicos completos (Brahms, Prokofiev, Carl Nielsen, Richard Strauss, Martinů), para sellos como Chandos, BIS, además de grabaciones para Deutsche Grammophon, EMI o BMG.
Neeme Järvi.

Uno de los ciclos que dejó incompleto fue el de las sinfonías de Gustav Mahler, que abordó con la Royal Scottish National Orchestra a principios de 1990 para el sello Chandos, que justamente llevaba otro en paralelo (más logrado) a cargo de Leif Segerstam: quizá en ello radicó la clave de que quedara inconcluso.

Fuera de la incompletud del ciclo en Chandos, el Mahler de Neeme Järvi (su hijo, Paavo, grabó el suyo en BluRay) fue por cierto irregular, aunque gozara de momentos de interés, en especial la Sinfonía Nº1, con la inclusión del movimiento Blumine y que destaca por su poderoso movimiento final; así como en general la Sinfonía Nº 3. Con esa orquesta grabó las sinfonías 4, 5 y 6 y el ciclo se interrumpió, aunque era evidente que estaba originalmente programado para cerrarse, a juzgar por el diseño integral de las portadas, que apuntaban a una serie. A pesar de que el ciclo quedó trunco, casi 20 años después el conductor estonio grabó la Séptima de Mahler para ese sello, aunque al frente del ensamble que actualmente lidera: la Orquesta Residente de La Haya. Además, en 1995, y a con la Sinfónica de Gotemburgo, registró en vivo su más logrado aporte mahleriano: la versión de la Sinfonía Nº8, una monumental versión de una ya de por sí descomunal obra, esta vez para el sello BIS. Järvi también grabó en DVD la Sinfonía Nº 2, al frente de un mastodóntico cuerpo orquestal: la Philadelphia Orchestra, la New Jersey Symphony Orchestra, la Detroit Symphony Orchestra, la Metropolitan Opera Orchestra y miembros de la New York Philharmonic (sello VAI). En ese sello, registró, además su versión de Das Lied von der Erde, con Paul Groves (tenor) y Thomas Hampson (barítono), en un DVD que celebró su asunción como titular de la Orchestre de la Suisse Romande.

Hoy, como un homenaje a este director prolífico y que, fuera de si su estilo convence más o menos es, sin duda, una batuta que nos ha acercado importantes compositores a nuestros oídos, ofrecemos uno de sus más polémicos abordajes sobre Mahler: el de la Sinfonía Nº 6, registrado en 1992 para el ya mencionado ciclo trunco en Chandos.

Con un nervio que remite a la versión de Solti, aunque con pasos más atropellados, Järvi grabó esta versión poco conocida, que en el disco fue acompañada por el apócrifo Preludio Sinfónico, cuya autoría está más cercana a Bruckner que a Mahler.



Además:
Mahler: Sinfonía Nº 6 (discografía esencial)

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Satie - Pianoworks - Santos

>> martes, 30 de junio de 2015


El enigma de un pianista

Homenaje a Satie, a 90 años de su muerte
Tributo a João Paulo Santos

I

Era un silencio natal. El de los primeros días, el de la luz primigenia y el dolor del hambre. El silencio de una habitación sencilla en la que mi pequeña hija gemía con el aire que desde apenas dos semanas comenzaba a respirar. Había apresurado su nacimiento y, por eso, no estaba lista para el mundo; por eso, por poco se convierte en pasajera en tránsito fugaz de esta aventura.
Tras dos semanas en el hospital, al fin, estaba en casa, con nosotros. Como si acabara, ahora sí, de nacer.
En esa habitación mi esposa descansaba tras el parto, sus pechos listos para darle alimento a mi hija y yo, mera compañía, torpe y casi excesiva, quería acompañarlos a ambos como si ninguna otra misión tuviera mayor seriedad. Acunaba a mi otro hijo y acompañaba con la mirada a la recién nacida como si la llevara yo mismo entre los brazos sin nunca soltarla.

II

Algo más había nacido en esos días. Cursaba el quinto año de la carrera de Comunicación Social y la materia que ocupaba mi principal interés se llamaba Crítica Artística y Literaria. Era, a ciencia cierta, más que nada un curso de historia y apreciación de la música, a cargo de un experto en esas artes y las de la didáctica: el profesor Ravanelli. A una de sus clases fue que llegó un día y –sin anunciar de qué se trataba la audición– abrió la compuerta del equipo musical, colocó el disco y dejó salir la música.
Lo que sonó fue la Gnossienne Nº1 de Erik Satie, que oí por primera vez en un ámbito no sé si del todo propicio, pero suficiente para engendrar en mí un enamoramiento por esa música que sonaba como si quisiera callar, como si deseara volver al sonido primigenio: ese que me acompañaba en la habitación de recién nacida de mi hija. Me acerqué tras la clase al profesor, le comenté la impresión que  me había causado la escucha y él me mostró el disco que acababa de poner: una selección de piezas para piano a cargo de Klára Körmendi.
En esos tiempos la tecnología más avanzada para la audición de música eran los discos compactos (CD), y la adquisición de estos no era sencilla para mí, por simples cuestiones económicas. Me las arreglé, sin embargo, para sumergirme de lleno en la música para piano de este compositor sin par. Al otro día, al comentarle mi experiencia a un compañero de trabajo, me dijo: «tengo un caset con una grabación de Erik Satie; mañana la traigo». 
En efecto, al día siguiente pude oír la grabación y al posterior, mi hija nació de improviso y nos arrastró por horas de temor hasta que su salud se restableció y pudo respirar por sus propios medios luego de que maduraran sus pulmones inocentes, aún impropios para la atmósfera terrestre.
Cuando mi hija se recuperó y pudimos llevarla a casa, me atreví a reencontrarme con esa música que seguía resonando en mí. El sonido de la grabación magnética era bastante deplorable, pero sin embargo, a través de ese raspado tan característico de las cintas de caset, las piezas de Satie se me aparecieron más bellas incluso que la primera vez que las oí. Pronto descubrí el por qué: la interpretación era la que completaba el poder de la partitura. Sin embargo, había un inconveniente: el caset no consignaba el nombre del pianista. Mientras sonaba en la habitación, como si acompañase el aliento de mi hija, yo me preguntaba cómo era posible tal poder y quién era el mago que lo aplicaba sobre mí.
Al poco tiempo acudí a una tienda y compré el disco de Körmendi (en el sello Naxos) a través del cual había conocido a Satie. La primera corroboración fue que no era la misma interpretación que yo tenía en mi caset. Además, aunque mi formación como oyente era precaria, me pareció que, aun cuando su abordaje del compositor francés era hermoso, no alcanzaba las alturas del desconocido pianista de mi modesta cinta. Poco podía imaginar que ese iba a ser el primer capítulo de un enigma que tardaría mucho tiempo en desentrañar y que podía resumirse en la siguiente pregunta: «¿quién era el pianista del caset?».

III

La búsqueda comenzó de inmediato y se extendió por los días, meses... décadas siguientes. Era el año 1994 y como periodista tenía posibilidad de tomar contacto con información de algunas compañías discográficas que tuvieran a Satie en su catálogo. Encontré una distribuidora en la Argentina de sellos de gran nivel, así que en el curso de un par de años compré los discos correspondientes: las piezas para piano por Yitkin Seow (Hyperion), junto con las piezas para ballet y las de Roland Pöntinen para el sello Bis. Luego, me prestaron las de Yuji Takahashi en Denon. Grabé, en medio de esa pesquisa, las de Pascal Rogé (Decca) y mandé a pedir en una disquería las etéreas de Reinbert de Leeuw (Philips). Apareció, más tarde, el disco doble de Aldo Ciccolini en EMI y una amiga me grabó una incursión de Michel Legrand en el mundo de Satie, que lamentablemente omite las Gnossiennes.
Es cierto: descubrí versiones magníficas, muy distintas entre sí. Las de De Leeuw se acercaban de algún modo a las de mi pianista ignoto y me subyugaron, al punto de ser mis favoritas en lo provisorio. Las de Rogé me resultaron excelentes y un paso atrás puse en mi preferencia las de Pöntinen. Encontré similitudes de tempi entre las de Seow y Ciccolini, pero a pesar de la fama mucho mayor del ítalo-francés, siempre me parecieron superiores las del pianista de Singapur.




IV

Eran tiempos sin la gran red, pero recuerdo vívidamente que en mi primera incursión por internet dos de las primeras palabras que coloqué en el buscador (Yahoo!) fueron: «Erik Satie». Tengo de esos tiempos la impresión de unas páginas que hablaban de un gran experto en las piezas para piano del francés, llamado Olof Höjer. Fue el candidato a ocupar la identidad de mi pianista desconocido durante 15 años. Luego descubriría que no lo era.
En el transcurso de los tiempos me llené de mucha música y fue en ese entonces en que acuné el objetivo de cumplir un anhelo: aprender piano, aunque más no fuera para tocar las Gymnopédies y, especialmente, las tres primeras Gnossiennes. Iba a pasar mucho tiempo, también, hasta poder hacerlo. Incluso cuando lo conseguí, el pianista seguía sin revelarse.
Por cierto, internet se fue convirtiendo en una gran fuente a través de la cual acceder a grabaciones que de otro modo (al menos en la Argentina) era imposible. Así fue que descubrí grandes versiones, como las de Daniel Varsano (Sony), la notable integral de Jean-Yves Thibaudet, la de Boran Gorisec o las grabaciones de pianistas tan disímiles como Jean-Joël Barbier, Laurence Allix, Anne Quéffelec o Håkon Austbø. Di finalmente con el disco de Höjer y, de paso, también con una pianista argentina (Marcela Roggeri). Se me estremeció el corazón cuando escuché la rendición de una para mí desconocida Branca Parlic, que se puso también entre las favoritas provisorias. Pero no: ninguno era mi pianista y, además, aun acercándose a su perfección, ninguno lo superaba.

V

Pero un día llegó Spotify a mi computadora. Ingresé a esa «discoteca de Babel» y, por supuesto, obstinado, puse en el buscador el mismo nombre: «Erik Satie». El resultado arrojó numerosos discos, de pianistas ya conocidos muchos, y de otros ignotos. Y fui uno a uno recorriéndolos, esperando encontrar el sonido que en aquel caset aún sonaba, derruido pero contundente, como la mejor versión de las más representativas piezas de piano del autor de Parade.
Y entonces apareció. En una portada acorde con aquella vieja grabación que consistía en un retrato de Satie, «las dos abstractas fechas» (al decir de Borges) de su nacimiento y su muerte, y dos palabras convertidas en una: Pianoworks. La tapa no mencionaba el nombre del pianista, no, pero, al oír las versiones, mi pianista desconocido se reveló en su sonido perfecto, en la dicción personal y profunda de esas notas de aparente fragilidad. Fue hace dos meses, es decir, casi 19 años después de que el enigma se instaló en mí.
El pianista era el portugués João Paulo Santos. La emoción me embarga aún al poder consignar su nombre. Él grabó –para el modesto pero por entonces prolífico sello Digital Concerto– un disco que incluía las Trois Gymnopédies, las primeras Trois Gnossiennes, los Sports et Divertissements, los Pecadilles importunes, Menus propos enfantines y los Embryons desséchés, entre otras piezas. De esa edición, publicada en 1991, sacó seguramente mi amigo su grabación en caset, que pasó a mis manos azarosamente con el cerrojo de un misterio que acompañó mi propia formación como oyente.


João Paulo Santos.

VI

Saciado, aliviado, pensé en que la posibilidad de conseguir la versión física de ese disco que para mí equivale a un tesoro, era poco menos que fantástica. Así que, sólo por intentarlo, repliqué la búsqueda en la página argentina de Mercado Libre. Sobreviví al paro cardíaco: allí estaba, a la venta, en una copia nueva, a un precio accesible. La quise adquirir pero el vendedor la sacó de su oferta, para reponerla semanas después con un considerable aumento.
Igualmente, sentí que tener ese disco era dar por cerrada una historia. Lo obtuve, lo disfruté como un manjar sonoro que –puedo dar cuenta– no se agota al saborearlo. Y luego advertí que justamente hoy se cumplen 90 años de la muerte de Erik Satie. Y pensé en mi blog Oído Fino, que tanto quiero, sobre el que tanto trabajé y que tengo bastante abandonado. Y decidí compartirlo, junto con esta historia que no sé quién querrá leer, pero que quiere ser un homenaje múltiple: al genio de Satie, al magnífico pianista que mejor lo ha interpretado (Santos), al profesor Ravanelli y a la pasión por la música. Una pasión que no se deja vencer por los enigmas. Una pasión que deja marcas difíciles de borrar, nutricias y forjadoras, como esa luz que cae sobre el rostro de un recién nacido, como el aire que respira por vez primera, como el alimento que una madre vuelca sobre su boca para decirle que están vivos, y siempre unidos.




Anexo:

Top 36 de pianistas para Satie (*)

1) João Paulo Santos
2) Branka Parlic
3) Reinbert de Leeuw
4) Pascal Rogé
5) Jean-Yves Thibaudet
6) Håkon Austbø
7) Yitkin Seow
8) Roland Pöntinen
9) Olof Höjer
10) Klára Körmendi
11) Aldo Ciccolini
12) Daniel Varsano (con Philipe Entremont)
13) Alessandra Celletti
14) Boran Gorisec
15) Steffen Schleiermacher
16) Marcela Roggeri
17) Jeroen Van Veen
18) Yuji Takahashi
19) Cristina Ariagno
20) Jean-Pierre Armengaud
21) Alexandre Tharaud
22) Katia & Marielle Labèque
23) Johannes Cernota
24) Frank Glazer
25) Gabriel Tacchino
26) Paul Martínez
27) Chisako Okano
28) Riri Shimada
29) Alessandro Deljavan
30) Aki Takahashi
31) Laurence Allix
32) Jean-Joël Barbier
33) Ronan O’Hora
34) France Clidat
35) Patrick Cohen
36) Anne Queffélec

(*) La lista se basa en las grabaciones que he oído y que incluyen no siempre las mismas piezas, pero que con las interpetadas basta para darse una idea de la capacidad del pianista para transmitir la partitura de Satie.

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Schönberg - Noche transfigurada y otras obras - Ma, Tampler, Juilliard Quartet

>> domingo, 9 de octubre de 2011


Para caminar silbando a Schönberg

Arnold Schönberg (1874-1951) es quizá, junto a Debussy y Stravinsky, el compositor más influyente del siglo XX. El creador del dodecafonismo (técnica basada en la utilización de todos los tonos de la escala cromática), sin embargo, nunca pudo disfrutar en vida de un reconocimiento masivo acorde con su aporte. Es que la música de Schönberg es compleja y sus melodías, imposibles de recordar. Su revolución, al fin, es inmensurable.
Antes de la gran avalancha del serialismo (otro de los nombres de su método), el músico compuso la que fue su primera gran obra. El sexteto para cuerdas Verklärte Nacht (Noche transfigurada, 1899) se inspiró en un bello poema de Richard Dehmel y transmite una intensidad comparable a los cuartetos últimos de Beethoven. Es un buen primer paso para ingresar en la obra del austríaco.
El Streichtrio (Trío para cuerdas) ya es dodecafonismo. Pertenece, a su última etapa y representa perfectamente la madurez del estilo del autor. La edición de Sony tiene todos los atractivos, pues a la brillante versión del Juilliard Quartet junto a los incomparables Walter Trampler y Yo-yo Ma se le suma un sobre intemo con buenos textos y la reproducción del poema de Dehmel. Además, se consigue a un buen precio. Algo que Schönberg (quien soñaba con que la gente silbara por las calles su música) habría agradecido.

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Poulenc - La voz humana - Lott, Jordan

>> domingo, 25 de septiembre de 2011


Cuando la voz es tragedia


La voz humana es una tragedia lírica escrita en 1927 originalmente para teatro y transformada en 1957 en una versión operística, fruto de la reunión entre dos de las personalidades artísticas más importantes del siglo XX.

Jean Cocteau (1889-1963) nació cerca de París y fue poeta, novelista, dramaturgo, diseñador, autor de libretos y director de cine francés, además de uno de los creadores más influyentes del quehacer artístico occidental. Versátil, iconoclasta y prolífico, Cocteau estuvo asociado al principio con el surrealismo (el movimiento poético fundado por André Breton en 1924). A los 20 años ya había publicado su primer poemario, La lámpara de Aladino, y se había procurado cierto prestigio en la intelectualidad francesa.

El año 1909, el mismo de la edición de su debut literario, fue el elegido por el empresario ruso Serguéi Diáguilev para establecerse en París con sus Ballets Rusos (integrados, entre otros, por el inmenso bailarín Vaslav Nijinski). Para Diáguilev Cocteau escribió el guión del ballet Parade (1917, con música de Erik Satie) y El buey sobre el tejado (1920, con música de Darius Milhaud).

Más adelante, Cocteau extendería una carrera teatral brillante, acompañada por una obra cinematográfica (con películas como La bella y la bestia), pictórica y literaria (con novelas como Los niños terribles) que terminaría convirtiéndolo en una personalidad clave para entender las vanguardias artísticas del 1900.

«Ante todo soy poeta», dijo el artista, dándole la misma categoría de poesía a todas y cada una de sus expresiones, y resumiendo él mismo, con esa frase, la verdadera intención de su obra.

Francis Poulenc
(1899-1963), compositor y pianista, fue uno de los miembros más destacados del llamado grupo de Los Seis, cuyo padrino fue el músico Satie, y que estaba integrado, además de por Poulenc, por Milhaud, Arthur Honegger, Georges Auñe, L. Durey y G. Tailleferre. Su bandera fue revelarse contra la herencia impresionista de Debussy y la conservadora de D’Indy. Entre sus obras más importantes se cuentan: Les biches (ballet, 1924, para Diáguilev), Las tetas de Tiresias (1946, sobre un texto de Apollinaire) y la ópera dramática Los diálogos de carmelitas (1957, a partir del texto de Georges Benanos).

La voz humana
partió de textos de Cocteau y relata en tono de tragedia la ruptura de una relación amorosa. En escena aparece una mujer a quien, por teléfono, su amante le anuncia que va a casarse con otra. La mentira, la locura, la angustia y la muerte son los temas fundamentales de esta pieza que aquí presentamos según la versión de la gran Felicity Lott, junto a la Orchestre de la Suisse Romande, dirigida por Armin Jordan.


Gracias, Sankerib

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Piazzolla - Tango: Zero Hour - Piazzolla y el Quinteto Nuevo Tango

>> domingo, 18 de septiembre de 2011


El mejor disco de Piazzolla


En 1986, Astor Piazzolla era ya una figura de reconocimiento mundial. En sus espaldas cargaba, a veces con orgullo, a veces con pena, un peso absurdo: fue el mayor renovador del tango, lo cual le valió enemigos encendidos en su tierra, y panegiristas incondicionales en el exterior, como para cumplir aquel designio bíblico de que «nadie es profeta en su tierra».
El marplatense hacía con esa música lo que faltaba hacerse: extraerle al tango su fabulosa riqueza musical, sacándolo del la categoría de mero artefacto bailable, y a la vez, conservándole su esencia áspera, sucia, maleva.

Tras esa meta, Astor comenzó como bandoneonista de Aníbal Pichuco Troilo y terminó en las grandes salas de conciertos del mundo, pasando por ser alumno de Nadia Boulanger (antes lo había sido de Alberto Ginastera) y formando grupos de diversas medidas y esencias. Sí: Astor probó con tríos, cuartetos, octetos, nonetos. Con instrumentos puros o enchufados. Con todos, hizo maravillas. Pero conservó una preferencia: el quinteto, formación con cual logró quizá sus más altos momentos.

Por eso Tango: Zero Hour es un disco de depurada madurez. Editado cuatro años antes de su accidente cerebral, formó parte de dos placas consecutivas que grabó con Kip Hanrahan como productor en el sello Nonesuch-American Clavé (la otra, La camorra, homenajeaba la edad antigua tanguera).

En este álbum aparecen algunas viejas partituras a las que Piazzolla no se cansaba de perfeccionar y otras flamantes y profundas, no exentas de humor y vigor. Lo acompaña una selección de músicos que hicieron de la postrera etapa piazzolliana una leyenda: Fernando Suárez Paz (violín), Pablo Ziegler (piano), Horacio Malvicino padre (guitarra) y Héctor Console (contrabajo).

El periodista Fernando González, en el sobre interno del CD, define con exactitud esta formación: «El quinteto ya reflejaba el espíritu de su líder. Este era un grupo cosmopolita y reo, erudito y apasionado, elegante pero también muscular. A veces en el contexto de una misma interpretación, Piazzolla y su grupo podían sugerir por momentos un conjunto de cámara, y en otros sonar con la fuerza de una orquesta de club de barrio».

En cuanto al material, sorprende que un Astor ya proclamado en Europa y Estados Unidos, sitios donde quizá el tango siempre merezca una presentación extramusical, ofrezca en el disco los ingredientes de su estilo propio, el tango del futuro. El maestro lo reduce a una fórmula genial: «tango + tragedia + comedia + kilombo: nuevo tango». Con el recitado de esas palabras se divierte el quinteto de lujo del disco, en la introducción a la Tanguedia III que abre el disco. Suntuosa y elegante, esta pieza tiene un poco después su correlato con Milonga loca que se llamó Tanguedia II en la banda sonora de El exilio de Gardel, donde se oyó por primera vez, más fresca y veloz.

En Tango: Zero Hour hay espacio para el homenaje que el cascarrabias Astor dedicaba a los intérpretes con que elegía rodearse. De esa línea destacan el exigente Concierto para quinteto, con 9 minutos de Piazzolla en estado puro (el de las melodías poderosas y expresivas, el ornamento de los ruidos, la improvisación de velado corte jazzero, la furia y la angustia) y Contrabajísimo, más poético, donde se destaca claro el gran Console, a quien el compositor quería especialmente.

En la legendaria Milonga del ángel, Piazzolla hace que el piano, el violín y la guitarra vayan haciendo un hueco profundo de sonidos melancólicos, para que luego sobre ellos su bandoneón impar haga el foso de hondura final. Michelangelo ’70, un clásico de su etapa electrónica, tiene acá más oscuridad, quizá por la coloratura propia de estos instrumentos, pero también porque los músicos le ponen más sangre de la habitual a sus notas. Mumuki, el tema final, tiene aires de epopeya y un inicio al mando del viejo Malvicino que resulta de antología.

El catálogo piazzolliano es inmenso y por suerte no deja de incrementarse, al compás del prestigio imparable del músico en el mundo. Si bien es difícil contar con la perspectiva completa, no sería raro nombrar a Tango: Zero Hour como la mejor grabación de Astor de todas las que hizo, incluso por encima de aquellas con Agri como violinista o las de los '70.

El dictamen no es antojadizo, vale decirlo, sino que responde a lo que el propio Astor Piazzolla pensaba y que figura como un epígrafe en la contratapa del CD: «Es ésta con seguridad la mejor grabación que hice en toda mi vida. Pusimos nuestras almas en este registro». Es palabra de Astor.

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Adès - Asyla - Rattle

>> domingo, 11 de septiembre de 2011



Emoción y aplausos en la música contemporánea


Hace tiempo, elcuervolopez ofrecía un atractivo disco con obras de Detlev Glanert, en un post no exento de socarronería y que dio origen a la siguiente reflexión.
No era El Cuervo el único «enemigo declarado» de la llamada música contemporánea, eso ya lo sabemos, pero sus argumentos contra la misma, vertidos por ejemplo en la irónica presentación del citado disco, nos permiten arremeter contra esas mismas excusas interpuestas para desprestigiar esta vertiente experimental de buena parte del repertorio musical sinfónico del siglo XX y del actual.
En efecto, nuestro recordado amigo remarcaba con su habitual socarronería la escasa capacidad emocional de las obras adscriptas a esta vertiente, y por supuesto, su patente impotencia para despertar aplausos.
Pue bien: no concuerdo para nada ni con el desprecio irrestricto a estas obras ni mucho menos con los parámetros utilizados para rechazarlas. Como prueba de mi apertura a estas piezas puedo ofrecer sendos artículos publicados en este blog con mi firma, uno referido a la sinfonía Turangalîla, de Olivier Messiaen, y otro a un CD con piezas de Luigi Nono o Gyorgy Kurtág.

Las razones
¿Por qué no me parecen en absoluto válidos esos parámetros? Por dos razones, diríase, contrapuestas. La primera razón es que no veo por qué hemos de valorar la calidad o validez de una obra por su mera «capacidad de despertar emociones». Se trata ésta de una variable tan tremendamente subjetiva, que se convierte casi en una sinrazón. Y esto porque así como hay personas que tiemblan de emoción al escuchar, por ejemplo, una canción de Ricardo Arjona, a mí me resulta particularmente vulgar.
Del mismo modo, difícilmente conseguiremos que un oyente de Maná, tiemble de pavor con el primer movimiento de la Novena de Mahler, como a mí me pasa. Y esto mismo puede pensarse a la hora de considerar la emotividad de una obra de manera tan tajante: no veo por qué no ciertos tramos de la mencionada Turangalîla no sean capaces de acongojar, de excitar, de vibrar, en suma, de hacer de la escucha una cuestión «de piel».
A mi juicio, no debe ser esta sola capacidad o su ausencia la que nos lleve a juzgar una obra.
No se me ocurriría pedirle «emoción pura» a la obra Autobahn, de Kraftwerk, como no le pediré «objetivismo» o «experimentación sonora» a un vals de Strauss II (h).
La otra razón es más sencilla y tiene que ver con lo anterior: como digo, no soy de remitirme a ese parámetro exclusivo a la hora de juzgar una obra. Pero al mismo tiempo, podemos argumentar ad hominen, y suponer que vamos a dejar que sea ésa la variable. Ya lo habíamos adelantado: sí que hay obras capaces de emocionar. De llenar las salas de conciertos. De despertar aplausos rabiosos.

Las pruebas
Tales afirmaciones serían gratuitas si no viniesen acompañadas de una prueba que las confirme.
Y aquí la traigo. Se trata de la obra Asyla, del inglés Thomas Adès. Una obra contemporánea «hecha y derecha», para decirlo también socarronamente. Se trata de una especie de mini sinfonía en cuatro movimientos, regida por los ritmos irregulares, por el uso activo de la percusión, las disonancias y la utilización de instrumentos no convencionales. Entre éstos aparecen un gong que es hundido en un tarro de agua, una bolsa llena de tenedores que son golpeados por una madera o la tapa de un piano que es cerrada abruptamente.
Fuera de esos golpes de efecto, la pieza del joven compositor inglés se permite momentos muy emotivos. Entre ellos, el segundo movimiento, por ejemplo, que en ritmo de adagio explora las capacidades expresivas de los instrumentos de la orquesta (en este caso, nada menos que la Filarmónica de Berlín), para tratarla como pequeños grupos de cámara que van sonando alternadamente. O el tercer movimiento, subtitulado Ecstasio, capaz de intrigar con su sonoridad enloquecida.
La versión que aquí se ofrece es la del estreno de esta obra, en 2002, por la Berliner Philharmoniker, dirigida por Simon Rattle, en su concierto de presentación como titular de la célebre agrupación. Se trata de un registro que sólo apareció comercialmente en DVD (en una edición que incluía como pieza central la Sinfonía Nº 5 de Gustav Mahler), y por eso tiene especial valor esta entrega, pues permite oír las pistas sonoras como si estuviéramos sólo ante el disco. Como para no distraernos con las contorsiones de los intérpretes.
Por supuesto, los lectores-oyentes podrán medir por ellos mismos la capacidad emotiva de la pieza y escuchar, además, la ovación que le regala a la interpretación el exigente público berlinés.

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Villa-Lobos, Françaix, Lipatti, Berger - Música para maderas - Aulos

>> domingo, 4 de septiembre de 2011


Vientos de cambio

Si se piensa en el panorama de Mendoza, Argentina de hace apenas 15 años atrás, la aparición de un disco como este, Música para maderas, del cuarteto Aulos, no deja de sorprender. Junto con la de este álbum, la edición de De Mozart a Piazzolla (cuarteto Harmony) significó un nuevo impulso para hacer surgir el mercado de discos clásicos en la provincia. Este CD da un paso más hacia esa saludable tendencia al ofrecer un repertorio con autores del siglo XX, en su mayoría desconocidos en estas latitudes. El brasileño Heitor Villa-Lobos (con Cuarteto), Jean Françaix (Cuarteto para maderas), el recordado pianista y compositor rumano Dinu Lipatti (Aubade para cuarteto de maderas) y Arthur Berger (Cuarteto en Do mayor) son interpretados de un modo tan reconcentrado como apasionado por los pulmones de este grupo.
Claro, porque hay una clave en todo esto. Y es que Aulos está integrado por los más importantes ejecutantes de estos instrumentos que posee actualmente Mendoza: Sergio Ruestch (fagot), Julio Lonigro (clarinete), Alejandra García Trabucco (oboe) y Beatriz Plana (flauta), todos con experiencia académica y reconocimientos dentro y fuera de nuestras fronteras. A eso, finalmente, habría que sumarIe una edición excelente, con aceptable sonido, buen diseño. Con todos esos ingredientes, no nos queda otra opción que escuchar con placer.

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Mahler - Sinfonía Nº 5 - Morris

>> domingo, 28 de agosto de 2011


La Quinta de Mahler, por Morris

Este blog ofreció en su momento un recorrido por la Sinfonía Nº 5 de Gustav Mahler y sus mejores grabaciones. Sin embargo siempre pueden encontrarse nuevas versiones que representen un interés, sea por las particularidades de su grabación o por la eminencia de sus intérpretes.
Estamos ante el último de los casos, dado que el director galés Wyn Morris (1929-2010) ofreció en los años ’70 del siglo pasado una serie de versiones de sinfonías de Mahler, entre las que destacó la primera grabación de la revisión que hizo Deryck Cooke de su trabajo para completar la Décima.
En este caso ofrecemos una Quinta poco difundida, pero que vale la pena escuchar. Como en todos los casos de Morris-Mahler, la orquesta es la Symphonica of London, que el director fundar en 1965 junto con Isabella Walich, acaso la primera mujer reconocida como productora discográfica, y quien fuera titular del sello Delysé.
Versión de tempi lentos (acaso estamos aquí ante el segundo movimiento de la Quinta más lento de la discografía), propios del que es para el crítico Tony Duggan «uno de los directores más expansivos de la historia» y que registra un Adagietto subrayado de romanticismo, aunque justamente este movimiento es tocado más rápido de lo que suele interpretarse.
Una Sinfonía Nº 5 de Mahler, esta, tal vez no referencial, pero sin dudas personal y disfrutable.

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Satie - After the Rain - Rogé

>> domingo, 21 de agosto de 2011



«Quiero llevarlos en un viaje por los sonidos y los colores»

Entrevista a Pascal Rogé


Hay músicos con los que un melómano suele establecer relaciones particulares. No hace falta que se trate de un director unánimemente aclamado: un Von Karajan, un Furtwängler, un Celibidache, un Mravinski. No es preciso que sea un cantante o un instrumentista consagrado: el cantante Luciano Pavarotti, la violinista Anne Sophie Mutter, el chelista Rostropovich o el pianista Rudolf Serkin. Hace falta simplemente que cale hondo, aunque no se sepa bien por qué.



Para muchos, el francés Pascal Rogé es de esa clase de músicos que pueden transformarse en perenne y personal predilección. Le pasa al que escribe esto, por caso, desde que escuchó su disco dedicado a las obras para piano de Erik Satie. Como buen especialista en música francesa que es, Rogé logró con este autor tan incomprendido un disco único, a pesar de tantas alternativas que hay a la hora de escuchar versiones de las Gymnopédies o sus Gnossiennes, famosas piezas de Satie.

Rogé estará hoy [sábado 13 de agosto de 2011] tocando en Mendoza, junto con la Orquesta Sinfónica de la UNCuyo y el mendocino Sergio Ruetsch como director invitado. El solista tendrá a su cargo la interpretación de una obra francesa, como no podía ser de otro modo: el Concierto Nº5, de Camille Saint-Saëns.

Antes de su presentación, desde los Estados Unidos, de donde partía para su gira por nuestro país, Rogé habló con nosotros y transmitió su sencillez y pasión por la música que interpreta.

–¿Es esta su primera actuación en nuestro país? ¿Cuáles son sus expectativas por actuar ante este público?
–No, en realidad es la tercera vez que toco en la Argentina. Y la audiencia de este país me parece sumamente atenta y apreciativa.

–Nos gustaría que repasara su historia musical. ¿Cuándo comenzó a tocar el piano y por qué se decidió por este instrumento?

–Comencé a tocar el piano a los tres años. Nací en una familia de músicos. Mi madre era pianista y organista, mi abuelo era violinista y mi abuela, pianista de películas mudas. Obviamente, estaba destinado a convertirme en músico. La verdad, nunca se me ocurrió pensar en hacer otra cosa. Y el piano fue mi primer instrumento desde el comienzo. Mi abuelo intentó enseñarme a tocar el violín, pero sin mucho éxito. Estaba claro desde el principio que lo que yo quería era tocar el piano.



–Es usted un verdadero experto en la interpretación de la música francesa. ¿Siente algo especial al tocar las obras de compositores franceses?


–Por supuesto, la música de Francia es ¡mi lengua materna! Siempre he dicho que Bach, Beethoven parecen inmortales, mientras que Debussy, Fauré, Ravel, Poulenc y Satie son como mis amigos. Siempre sentí una afinidad especial con su música, y no tengo que esforzarme (como quizá me pasa con Beethoven) para sentir su música. La música francesa me resulta personalmente natural.



–Una de sus mejores grabaciones es la que dedicó a la música de Erik Satie, ¿qué puede decir de la obra de este compositor, que no siempre tiene la difusión debida? ¿Y cómo suele abordarla usted, si lo comparamos con lo que hacen otros músicos?

–La verdad es que no podría hablar de lo que hacen otros músicos. Seguramente otros artistas tocan muy bien a Satie. La música de este compositor está muy subestimada. Propone poco lucimiento virtuosístico, no tiene una verdadera forma estructural (de hecho, supo ser criticado por sus contemporáneos por no tener «forma», así que para bromear, escribió sus Piezas en forma de pera, muy divertido). Él sólo dice lo que siente y todo es poesía.



–¿Cuál es el pianista a quien usted más admira?


–Glenn Gould.



–¿Y cómo describiría su propio estilo como intérprete?

–Uf, es difícil describirse a uno mismo. Me gustaría pensar que mi manera de tocar no tiene que ver con el virtuosismo. ¿A quién le importa cuán rápido o fuerte puede uno tocar una pieza? Lo que me encantaría es llevar a mi público a un viaje por los sonidos y los colores. Este es el objetivo de mis programas. A veces pido a mi público que no aplauda entre obra y obra, sino que espere hasta el final de cada intermedio. De este modo, hay una continuidad entre una pieza y otra, sin interrupción, lo cual permite crear una atmósfera especial.


–¿Le interesa la música argentina, especialmente la escrita para piano, o le gustaría tocarla?


–Lamento decir que no sé demasiado de la música argentina. Pero he tenido estudiantes de master classes que han tocado para mí algo de Ginastera, y la verdad lo he encontrado sumamente original e interesante.

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Mozart: Sinfonía Nº 25 - I Mov. - Böhm

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