Bernstein: el concierto final

>> sábado, 16 de octubre de 2010


Homenaje a Lenny, a 20 años de su muerte

«En mi final está mi principio». Esta frase de T. S. Eliot se volvió el mantra de Leonard Bernstein al final de sus días.
La última etapa de su vida no se pareció en nada a su alegre, despreocupada pero sobre todo intensa y dinámica forma de vida de los años precedentes. Diagnosticado de enfisema pulmonar a sus 20 años, dado su inveterado tabaquismo, se le predijo que moriría a los 30 años. Sin embargo, al inicio de su séptima década de vida, seguía allí… sonriendo y desafiando a su entidad biológica, hasta que en 1989, su cuerpo dejo de responderle.
Los años 1989 y 1990 estuvieron llenos de cancelaciones de compromisos y oportunidades no aprovechadas: Lenny ya estaba al final de sus días mortales.
Bernstein siempre dijo que quería morir en el podium, tal como le ocurrió a Mitropoulos, a medio ensayo de una obra de Mahler. Su vida, sin embargo, le alcanzó para tener dos grandes finales: uno majestuoso… y uno más íntimo, que es menos conocido, pero que en este caso, será el objeto de estas líneas.
Todos recuerdan el grandioso y potente concierto que Leonard Bernstein dio en Berlín con la caída del Muro y la reunificacion de Alemania, donde ofreció una Novena de Beethoven cargada de emoción, con una mélange de músicos del Este y el Oeste (Berlín, Dresde, Nueva York, Londres, París y Leningrado). La Navidad de 1989 nunca será olvidada por esos 78 minutos de música que Lenny ofreció al mundo para simbolizar la importancia del acontencimiento histórico de esa fecha.
Después de esa efemérides de proporciones gigantescas, todavía le quedaron fuerzas para un último Finale muy al estilo de la Novena de Mahler, un Andante potente y misterioso que tocó las almas de 6.000 personas en Tanglewood, la primaveral sede de verano de la Sinfónica de Boston.
Despedirse allí, ¿por qué? Porque allí se cerró el círculo. En Taglewood empezó en 1940 la carrera de director de Lenny como el primero y más aventajado alumno de su venerado maestro Serge Koussevitzky. Precisamente en Tanglewood. Allí, el 11 de agosto de 1990, cuando se celebraba el 50º aniversario de Tanglewood como escuela en el auditorio de Koussevitzky, en la gala en honor de Serge Koussevitzky y su esposa…Lenny se despidió para siempre.
Las obras, igual de simbólicas: los Cuatro interludios del mar de la ópera Peter Grimes de Benjamin Britten. Dicha obra la comisionó Serge Koussevitzky para la Sinfónica de Boston en 1947, y su maestro le encomendó a Lenny que él la estrenara. La obra Arias y barcarolles (transcrita para orquesta por Bright Sheng para esa ocasión), el opus último del Lenny compositor y, finalmente, la obra que en 1958 abrió su primer concierto como director titular de la la Filarmónica de New Yorkm orquesta que marcó la vida de Lenny: la Séptima sinfonía de Ludwig van Beethoven, la que Bruno Walter llamaba «la apoteosis de la danza».
Ese domingo fue un día gris e inusualmente lluvioso en las colinas de Berkshire. De hecho, la grabación recoge en algunos momentos el sonido de la lluvia de afuera y la tos de muchos de los afortunados mortales que asistieron a la obra, quizás afectados por un malestar pulmonar debido a lo inusual del clima de ese día de agosto.


Leonard Bernstein (1918-1990)

No es la grabación más perfecta de ambas obras, conozco mejores. Sin embargo, desde el primer momento que escuché la lectura de Lenny de ambas partituras sentí una fuerza abrumadora y un sentimiento notable… Eso supera todos los pequeños defectos que un lector avezado pueda encontrar en la grabación.
No haré comentarios a la lectura de la música. Sólo destacaré dos cosas: después de conducir la obra de Britten, Lenny descansó durante la ejecución de su propia obra, encomendándosela a su brillante pupilo Carl St. Clair, con el objetivo de descansar para reunir fuerzas para la Séptima. Lenny estaba mortalmente enfermo y seis semanas después del concierto, habría de morir del enfisema pulmonar que había estado burlando por más de 50 años. En un esfuerzo sobrehumano, heroico, inconcebible para un humano común, Lenny dirigió la Séptima con una fuerza enorme y un tempi reflexivo y misterioso, que muchos encontrarán similar a las lecturas de Klemperer y Celibidache. Yo prefiero decir que Lenny dio su última versión de una gran obra, muy a su propio sentimiento interno, así como en Berlín Lenny invocó tácitamente la bendición de Beethoven cuando en el coro final de la Novena cambió la palabra «Freude» («alegría») por «Freiheit» («libertad»), para enfatizar su mensaje personal al mundo. A los que critiquen esto, les digo que Lenny se ganó a pulso la licencia para hacerlo.
Un último detalle: a la mitad del tercer movimiento [de su interpretación de la Séptima con Boston], Lenny se desplomó hacia atrás y se apoyó de espaldas contra el atril, en medio de un severo ataque de tos. Sin embargo, la orquesta valientemente no se detuvo; hubo algunas vacilaciones en los metales, pero siguieron, y así como ellos, con la ayuda de Dios, de su maestro Koussevitzky y quizá del mismo Beethoven, Lenny siguió hasta el final.
El aplauso final fue estático, electrizante. Creo que Ludwig les hizo coro. Así, amigos, hoy tienen la oportunidad de vivir ese momento… Vívanlo. Pocos momentos en la historia de la música han tenido un Finale como este. El final de Lenny, pero que en su mantra significó el principio de su inmortalidad.

Este artículo fue publicado originalmente en el blog El Cuervo López.

8 comentarios:

Anónimo 16 de octubre de 2010, 5:53  

Le pido perdón de antemano por mi torpeza pero no sé cómo hacer para bajar este CD, ¿sería usted tan amable de indicarme cómo hacerlo? Muchas gracias

Fernando G. Toledo 16 de octubre de 2010, 8:37  

En unas horas estará listo el enlace. Hubo problemas de último momento pero ya los solucionaré.
Saludos.

Anónimo 16 de octubre de 2010, 10:19  

Le agradezco de nuevo su cordial amabilidad. Un afectuoso saludo.

Carlos Gimeno

Anónimo 16 de octubre de 2010, 10:24  

Como seguidor del siempre recordado Cuervo, ya había escuchado esta versión pero es grato acordarse del Cuervo y recordar que solo los buenos mueren jóvenes

HaTu 16 de octubre de 2010, 18:01  

El cuervo ... tenia unos 17 años y ya me estaba deleitando con Mahler gracias a su generosidad. Gracias por la entrada de Leonar y esperando ansioso el enlace =)

Fernando G. Toledo 16 de octubre de 2010, 19:37  

En media hora, exactamente, estará disponible el enlace.
Saludos.

Fernando G. Toledo 17 de octubre de 2010, 6:13  

Aprovecho para comentar que la cita que hace Ernesto del poema de T. S. Eliot corresponde a uno de sus célebres, oscuros y perturbadores Cuatro cuartetos (Four quartets, 1943), la serie de poemas que constituye la etapa final de la escritura poética de éste, uno de los grandes poetas del siglo XX. Se trata del segundo de los cuartetos, el titulado East Cocker, cuya primera línea invierte el sentido al decir: «In my beginning is my end».
En realidad, se trata de la inversión del sentido de una frase que llevaba inscripta como divisa la reina de Escocia, María Estuardo (Mary I of England). Durante todo este poema, dividido en cinco partes, Eliot repite esa frase o bien completa o sólo en fragmentos (por ejemplo, el final de la primera parte concluye con un lacónico «In my beginning»). Es recién cuando concluye la quinta y última parte, que Eliot elige para su verso final reproducir la divisa tal y como la utilizaba María Estuardo: «In my end is my beginning».
Pero como dice Ernesto, es muy probable que Lenny Bernstein pensara, al citar frecuentemente esa línea, en el poema de Eliot antes que en María Estuardo.

Elgatosierra 20 de octubre de 2010, 3:19  

Ernesto y Fernando, qué placer volver a leer este post y escuchar de nuevo estas versiones. Como apunta Ernesto no son las mejores pero sí son muy estimables, y con el sabor característico de lo último de eternamente joven Lenny.
De verdad que esta Séptima se me antoja lo más parecido al estilo Furtwángler que nuestro homenajeado hizo jamás. Misterio y trascendencia en dosis similares.
Muchas gracias a ambos por volver a traernos esta joya.
Salud, paz, sonrisas y cordiales saludos.
Elgatosierra

Mozart: Sinfonía Nº 25 - I Mov. - Böhm

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