Mahler: discografía esencial. Sinfonía Nº 6 (2/4)

>> domingo, 6 de marzo de 2011


En este tramo del viaje por la discografía de la Sinfonía Nº 6 de Mahler arribamos a tres registros que pueden considerarse directamente legendarios, y están a cargo de tres directores que también forman parte del Olimpo de la conducción orquestal del siglo XX: Dimitri Mitropoulos, Hermann Scherchen y John Barbirolli. Aparecen, además, dos menciones especiales, también con dos batutas de excepción: las de Jascha Horenstein y George Szell.

El nervio de Mitropoulos
La Sexta de Mahler del director griego Dimitri Mitropoulos, tomada de un concierto en Colonia del 31 de agosto de 1959, ha sido una referencia durante años, y lo sigue siendo. En especial para aquellos que prefieren exacerbar el carácter «trágico» de la obra. Y esto porque el conductor (uno de los primeros adalides de Mahler fuera de sus discípulos Walter, Klemperer y Mengelberg) siempre se caracterizó por lecturas apasionadas, en las que cada nota debe ser tocada de la manera más honda. Mitropoulos propone al frente de la WDR Sinfonieorchester Köln una dirección nerviosa y enérgica, a veces apresurada y hasta desordenada, pero en ese caos, real o aparente, Mahler va desenvolviéndose con una potencia tal que resulta imposible quedar indiferente. Quizá ese nervio del griego, sumado a la débil toma de sonido, haga que para algunos la versión sea menos «esencial» de lo que se la ha considerado históricamente (y más cuando se ha reeditado otra Sexta del director, de 1955 y al frente de la Filarmónica de Nueva York), pero no caben dudas de que con este tipo de grabaciones Mitropoulos marcó escuela, dejó huellas e instaló esa manera de tocar a Mahler casi diríamos para siempre. A las pruebas de Bernstein nos remitimos.

La belleza de lo monstruoso
El director alemán Hermann Scherchen legó el que probablemente sea el registro más excepcional de todos cuantos existen de la Sinfonía Nº6 de Mahler y, tal vez, de cualquier música jamás grabada. Al frente de la Radio Sinfonie Orchester Leipzig, el 4 de octubre de 1960, el ya por entonces septuagenario conductor consiguió uno de esos prodigios sonoros que muchos desearíamos haber tenido el privilegio de oír en vivo. Como todo abordaje de este director, el suyo es revulsivo y hasta violento. No tenemos aquí una performance preciosista y perfecta, no. Tenemos un viaje al fondo de la noche mahleriana, una reelaboración (esa es la palabra) de la Sexta cuyo objetivo parece haber sido llevar al extremo sus planteos. Si en la obra hay dramatismo, este aparece aquí como un sollozo. Si hay expresionismo, tenemos a Scherchen transmutado en un Munch del atrio salpicando el lienzo de la sala con sus pinceladas musicales. Si hay tragedia (atendiendo al subtítulo de la sinfonía), que esta deje huellas de sangre anímica en los oyentes. Es cierto, la orquesta suena ajustada y a veces como si tocara al borde de un precipicio, y también es cierto que Scherchen introduce cortes a veces demasiados abruptos y consigue estridencias que dejan la pieza al borde de la deformidad, pero el resultado es tan conmovedor que no importa lo que haya aquí de deforme cuando se consigue una nueva obra maestra. Si no pareciera haber subvertido tanto la pieza original, si no estuviera esta tan troceada, acaso podría ser la mejor de todas. Sin embargo, parece ser que el propio Scherchen entendía que en su imperfección radicaba su negra belleza.


Barbirolli y la tersura
Ya antes habíamos hablado de «adalides» mahlerianos, y entre ellos, el nombre de John Barbirolli no puede faltar, en especial si estamos hablando de las obras del período central de Mahler, aquéllas que junto a la Novena grabó oficialmente el conductor angloitaliano. Si su Quinta es, como vimos, una versión ineludible, con la Sexta sucede otro tanto. En especial porque de esta obra han aparecido nuevas versiones de tomas de concierto que demuestran la gran afinidad de Barbirolli para con la «Trágica» de Mahler. El primer registro cronológico con que contamos es uno al frente de la Filarmónica de Berlín, en la sala de la orquesta, en enero de 1966 (Testament). Y durante 2009, la misma discográfica publicó un sorprendente registro del 16 de agosto de 1967 con la New Philharmonia Orchestra, es decir, el ensamble con el que durante los dos días siguientes grabaría en estudio la versión más celebrada de la partitura, y que es aquí la elegida.
Barbirolli maneja una concepción de la Sexta que ya se advierte con la toma de Berlín y es lo que se espera de sus lecturas: tempi lentos (¡todo lo opuesto a la versión del sello Testament!), una extrema coherencia para toda la obra y pequeñas o grandes miradas personales sobre distintos fragmentos. También es importante resaltar que Barbirolli es de los pocos por esos años que se decantan por el orden Andante/Scherzo, lo cual (como decíamos al principio) define en gran medida la concepción de la obra: ese orden, valga decir, es el que el maestro adoptaba en los conciertos pero que no fue el que se publicó en la primera edición de esta grabación (sólo se recuperó con la reedición en CD de la EMI, como consta en una nota en el sobre interno del disco).
Como fuere, si tomamos esta versión de estudio, oímos el más lento Allegro energico, ma non troppo de todos los conocidos. Ese minucioso recorrido que hace Barbirolli del movimiento (en el que, como en el resto de los pasajes, la Philharmonia suena a un nivel increíble) lo decide también a no tocar la reexposición, elección acertadísima para el enfoque elegido. El Andante, quizás por ello, ingresa a la escucha de una manera sedosa y natural, al igual que el Scherzo posterior, estrujado al máximo en sus resonancias pérfidas por Sir John. El Finale es, así, un retrato de una agonía íntima, con la orquesta en su plenitud y unos acordes finales en los que caemos, como oyentes, junto al héroe de la sinfonías, rendidos por la tragedia y sepultados por la belleza. Una curiosidad: con la orquesta de Berlín, Barbirolli da los tres golpes de martillo del movimiento final, pero en las otras versiones sólo ejecuta los dos primeros, respetando la decisión última de Mahler.


Inciso I. Dos polos de excelencia: Horenstein y Szell
Antes de dar paso a la siguiente versión analizada y elegida entre las «esenciales» haremos una rápida incursión por dos grandiosas versiones: la una, con el dotado Jascha Horenstein, quien legó un par de Sextas en conciertos, pero de la que elegimos su versión con la Bournemouth Symphony Orchestra (1969): como hará Barbirolli luego, el conductor elige desgranar con lentitud los movimientos y ofrece una versión casi perfecta. Suponemos, sin embargo, que algo le quedaba por corregir a Horenstein ya que accedió a una versión en estudio para principios de los ’70 que quedó truncada por su repentina muerte.
La otra versión, la de George Szell, con su Cleveland Orchestra (tomada de un concierto en vivo de octubre de 1967), es también destacable, aunque se ubique en las antípodas de Horenstein. Szell es de los directores que enfocaron la obra de una manera más seca y objetiva, menos melodramática, y probablemente el legendario director haya sido el que mejores resultados consiguió con ese enfoque para esta obra tan arrolladora.


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2 comentarios:

elfelipe 6 de marzo de 2011, 16:40  

Querido Henry: Ante la inminente entrada en vigor de la LEY SINDE en España, que, como seguro sabeis,criminaliza las descargas en la red; se ha venido enderzando un movimiento de protesta y castigo, en el que esperamos ocupes tu un lugar.
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Barullo 6 de marzo de 2011, 18:14  
Este comentario ha sido eliminado por el autor.

Mozart: Sinfonía Nº 25 - I Mov. - Böhm

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