Messiaen - Turangalîla - Chailly

>> sábado, 13 de marzo de 2010



La música del tiempo y el aire

Si hubiera un Olimpo para los músicos de todos los tiempos, el más joven de sus dioses sin dudas sería Olivier Messiaen. Allí en lo alto, junto a Bach, Beethoven, Wagner, Mahler o Stravinsky, sus sonidos a la vez seductores y violentos, aéreos y macizos, refulgirían con el brillo de lo consagrado. Es que este francés (1908-1992), a quien recordamos en el centenario de su nacimiento, es autor de una obra extensa, novedosa y genial, tanto que fue capaz de convidar al canto de los pájaros a unirse a la música humana, traduciendo los sonidos de las aves a la sistematización de las notas.
Pero ese rasgo es sólo uno de los que marcaron su estilo, aunque resalta en los oídos por su particularidad. Messiaen experimentó con instrumentos poco usuales como las ondas martenot (uno de los primeros aparatos electrónicos, que apareció en 1928), exprimió las posibilidades del órgano, subrayó la beldad de las composiciones de cámara y compuso para orquesta músicas imponentes. Turangalîla es una de esas obras majestuosas, y equiparable en importancia con su conmovedor Cuarteto para el fin de los tiempos, que dio a luz en el confinamiento de un campo de concentración.
Compuesta por encargo y estrenada en 1948, la sinfonía Turangalîla toma su título de un vocablo sánscrito (lengua sagrada de la India) traducible como «juego del tiempo que fluye». En realidad, es un personal «himno a la alegría» en el que Messiaen invoca la leyenda de Tristán e Isolda, y su filtro mágico de amor.
La extensa sinfonía consta de 10 movimientos, y está escrita para gran orquesta, piano y las citadas ondas martenot. La última gran grabación de esta pieza se realizó en el año de la muerte del autor y bajo su propia supervisión. Se trata de la que publicó el sello London, con la Royal Concertgebouw Orchestra dirigida por Riccardo Chailly, y con Jean-Yves Thibaudet en piano y el japonés Takashi Harada en las martenot.
En el libreto que acompaña al CD, Fabian Watkinson explica que «los 10 movimientos de Turangalîla se dividen en tres grupos. El primero consiste en los movimientos 2, 4, 6 y 8, y se refieren al amor (...). El segundo grupo es más oscuro y siniestro, y compuesto de los movimientos llamados ‘Turangalîla’. Las secciones 5 y 10 están unidas por su tono de scherzo y fraccionan en dos mitades la sinfonía. El primer movimiento es independiente».
Esta primera parte, la poderosa Introducción, está marcada por los vientos de la enorme orquesta, y abre con bríos la sinfonía. Pero mientras los bloques sonoros de los metales se mueven pesadamente, las ondas martenot de Harada le otorgan una tersura espacial al entramado sonoro que propone Messiaen. El segmento es multicolor y cambiante: la orquesta suena a pleno en los tempos más ágiles, y luego se desglosa con calma en pinceladas solistas. Y en el piano, claro, Thibaudet se pone a la altura de los viboreantes acordes, dándole los múltiples roles que se le exige al teclado: soportar las bases, la melodía o directamente convertirse en percusión.
Ese es el tono de toda la obra, donde son evidentes todas las contribuciones de Messiaen: los acordes quietos (a la manera de Satie), la belleza en el aparente caos, los vericuetos del canto de las aves, la exigencia a los instrumentistas. Y al mismo tiempo, la devoción que el propio músico tenía hacia el corpus de su catolicismo.
Es que la obra, si bien no parte de textos sacros ni pretende formar parte de ese registro, posee su propia aura de «pasión» en el sentido cristiano del término. Aun para los no creyentes, la fuerza puramente plástica de su propuesta, que en este caso tiene al amor y al tiempo como motores, nos resulta avasallante. Y no ya sólo en los momentos en que Messiaen propone climas de verdadera introspección (como en el movimiento VI, Jardín del sueño de amor), sino también cuando las ondas martenot parecen enloquecer (Turangalîla 1) o la orquesta estallar (en el fin de la parte V, Alegría de la sangre de las estrellas).
Por exótica o intelectual que parezca la música de Messiaen a los oídos más convencionales, ningún prejuicio o desconfianza debiera interponerse ante el encuentro con su maravillosa obra. Una obra que es, ya que vale la comparación, como el canto de los pájaros: está destinada a la seducción, al socorro o a la pura devoción de la belleza.

3 comentarios:

Sergio 13 de marzo de 2010, 2:25  

ciertamente es una obra genial.

HaTu 14 de marzo de 2010, 16:05  

Es una maravilla aquella obra, tanto jubilo, y ritmo. Siempre en el final veo danzas bolivianas ahi.

Saludos y se agradece

Anónimo 7 de agosto de 2011, 22:19  

2da parte, link roto :(

Mozart: Sinfonía Nº 25 - I Mov. - Böhm

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