Poulenc - Obras orquestales - Prêtre

>> lunes, 5 de octubre de 2009



Prêtre, intérprete de Poulenc

Dedicado a Ernesto Nosthas con admiración y cariño


Francis Jean Marcel Poulenc (París, 7 de enero de 1899 – París, 30 de enero de 1963) fue un exquisito y prolífico compositor francés, miembro del grupo «Les Six» (Georges Auric, Louis Durey, Arthur Honegger, Darius Milhaud, nuestro Francis Poulenc y Germaine Tailleferre).
Abarcó todos los grandes géneros musicales, ballets, música de cámara, canciones, óperas, música orquestal y oratorios.
Su primera profesora de música fue su propia madre, pianista aficionada (¡qué mejor maestra se puede tener!), sus paradigmas musicales fueron, nada más y nada menos que Wolfgang Amadeus Mozart y Camille Saint-Saëns, y brillaba especialmente por su afición a los instrumentos de viento.
Destacado pianista dejo algunas grabaciones de sus propias obras, entre ellas algunas de sus canciones (con Pierre Bernac) y el concierto para dos pianos (ver más abajo).
A propósito de un comentario que dejé el otro día en el último post de nuestro Árbitro de la Elegancia, el honorable Ernesto Nosthas, tan amable como siempre él tuvo a bien regalarme este doble CD, y yo, nobleza obliga, no puedo más que compartirlo con todos ustedes, amigas y amigos.
Aquí tienen esta increíble grabación que avala perfectamente lo que allí dije, lo más granado y significativo de la obra orquestal de Francis Poulenc en la impecable versión del grandísimo Georges Prêtre al frente de varias orquestas (Philharmonia con el Ambrosian Chorus, Orchestre de Paris y Orchestre de la Société du Conservatoire Paris), realizadas entre 1962 y 1980.
Atención especial merece el Concierto para dos pianos, interpretado como solistas por el propio Poulenc y el añorado Jacques Février (también excepcional en la obra para piano de Ravel).
Sólo un gourmet como Ernesto podría habernos ofrecido semejante manjar.
¡Aviso, si alguien se lo pierde no podrá reclamar que no estaba informado! Aquí hay música que derretiría a Euterpe, nuestra inmarcesible musa.
Salud, paz y unas sonrisas para Francis Poulenc, Georges Prêtre y Ernesto Nosthas (nuestro mecenas), por favor.

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Yupanqui - Yupanqui en piano – Herrera

>> sábado, 3 de octubre de 2009



Las teclas de Don Ata

La pianista y compositora cordobesa Hilda Herrera presenta en Yupanqui en piano un sentido homenaje a un artista que, de una u otra manera, ha influido a varias generaciones de músicos argentinos. En el caso particular de Hilda, es fruto también de muchos años de amistad con Atahualpa Yupanqui, a quien conoció personalmente a mediados de los años '60 del siglo pasado.
A Yupanqui le gustaba escuchar sus temas en piano solo, y de ese placer surge entonces la idea de realizar esta grabación. Es así que Hilda dice haberse «sentido en deuda con él en estos últimos años después de su desaparición, y quiero creer que estaría contento al escuchar esta grabación, aunque seguramente escondería su agrado detrás de alguna de las expresiones socarronas que lo caracterizaban».
Una de las características más destacables de este registro es el de poner en primer plano la música de Yupanqui, muchas veces relegada por la importancia de las letras de sus canciones. Dice Hilda Herrera: «Debo confesar que, allá por los ’60, me atraían mucho más sus textos que su música, seguramente por esa lógica inquietud juvenil de una búsqueda armónica más compleja. Al conocerlo, verlo tocar y, por último, hacernos amigos, comencé a entender el misterio de la simplicidad en música, que es la esencia (creo yo) de la mayoría de las músicas folclóricas del mundo. Ese entendimiento se lo debo a él, que cuántas veces, con su "paisana, toque nada más que dominante y tónica" me sacaba de quicio. Pero eso era parte de su personalidad avasallante y poderosa».
Yupanqui en piano está integrado por trece temas, cinco instrumentales (La nadita, Vieja danza querida, Lloran las ramas del viento, El bien perdido y Agua escondida) y ocho temas en piano solo (Piedra y camino, El arriero, La raqueña, La Arribeña, Sin caballo y en Montiel, El alazán, Chacarera de las piedras y Recuerdos del Portezuelo), de los que se incluyen las letras en la lámina del CD. Chacareras, zambas y canciones, más una vidala litúrgica y una milonga entrerriana son los géneros de estas composiciones firmadas por Atahualpa Yupanqui, Pablo del Cerro, o por ambos, que forman parte fundamental del cancionero criollo.


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El Mahler de Harold Farberman

>> miércoles, 30 de septiembre de 2009


Harold Farberman


Las obras de Gustav Mahler gozan, como nunca, de una prédica casi generalizada en los auditorios y estudios de todo el mundo. Mientras que hace unos 30 años podía contarse con sólo algunos difusores de su música entre los directores de orquesta, hoy parece que hay muchos «mahlerianos», y de gran nivel, capaces de iluminarnos, todavía, aspectos que parecían desconocidos en las partituras del compositor bohemio.
Entre los «discípulos» históricos, en diferentes «oleadas», tenemos desde sus alumnos directos como Bruno Walter y Otto Klemperer, hasta adalides que debieron tocar y tocar para imponer su música (Willem Mengelberg, Herman Scherchen y Dimitri Mitropoulos), hasta llegar a Leonard Bernstein, director apasionado y desbordante que llevó a Mahler a los oídos de medio planeta. A él se acoplaron luego —en distintos estilos y épocas— nombres como los de John Barbirolli, Bernard Haitink, Claudio Abbado, Rafael Kubelik, Klaus Tennstedt o Eliahu Inbal, a quienes puede adosárseles sin duda el mote de «mahlerianos».
De todos ellos —de la mayoría de los nombrados, al menos—, tenemos un puñado de grabaciones sin duda referenciales de las obras de Mahler. Sin embargo, también tenemos la suerte de contar con registros imprescindibles de nombres no tan rutilantes o menos relacionados, a primer golpe de recuerdo, con el genial músico y director. 
En esa segunda línea de grandes directores «mahlerianos», hay uno que resalta con especial brillo. Se trata de Harold Farberman (1929-2018), notable compositor, percusionista, director y docente estadounidense que supo legarnos un puñado de grabaciones de obras de Mahler que —de manera irregular— han sido reivindicadas por especialistas y melómanos.

Las grabaciones londinenses
Farberman se metió en estudios a fines de los 70 para grabar en Londres, junto con la London Symphony Orchestra, cuatro obras de Mahler: la Sinfonía Nº 1 «Titán», la Sinfonía Nº 4 (ambas en noviembre de 1979), la Sinfonía Nº 5 y la Sinfonía Nº 6 «Trágica» (ambas durante 1980). Acto seguido, sumó la Sinfonía Nº 2 «Resurrección», de nuevo en la capital inglesa, pero con la Royal Philharmonic Orchestra (en 1981). Desconocemos si se planeó un ciclo completo de Mahler y, si lo hubo, por qué razón se interrumpió (ya el cambio de orquesta era de lamentar), pero esos LP y primeros CD con las versiones de Farberman permanecieron como tesoros ocultos, muchas veces desprestigiados o directamente olvidados.
Ni siquiera cuando el sello Vox reeditó estas grabaciones, a una década y media de su realización, el Mahler de Farberman gozó del predicamento que, sin embargo y de a poco, se le fue dedicando cuando eminentes mahlerianos, entre ellos el español José Luis Pérez de Arteaga, llamaron la atención sobre estas lecturas.
¿Qué tiene de especial este Mahler? Primero, que Farberman es un director en principio nada «objetivista», aunque sus decisiones parezcan, en el fondo, apuntadas a llevar la expresividad de las obras a un máximo nivel ideal que el compositor, acaso, habría deseado. Lo que atrae de sus lecturas a primera oída es la elección de tempi muy lentos, más que los de Barbirolli, otro que supo entender a Mahler desde el discurso amplio y completamente ajeno al arrebato de un Scherchen.
Con Farberman tenemos, por ejemplo, las versiones más lentas (o casi) de la Primera, la Cuarta y la Quinta sinfonías. En estas tres lecturas siempre hay rasgos originales: la «Titán» emerge de las brumas, más «brucknerianamente» que nunca, en el primer movimiento. Se exprime a sí misma en el movimiento final, haciendo que las cuerdas de la Sinfónica de Londres suenen como, creo yo, pocas veces han sonado. En la Cuarta, si es la más «haydneana» de todas —al decir de la propia Alma Mahler—, Farberman no lo entiende así. Su concepto es netamente moderno y para nada inocente. En la aparente alegría y brillo de la partitura, el maestro estadounidense encuentra mucho más que un optimismo vacuo. El Ruhevoll, por ejemplo, es un adagio doliente y romántico. El último movimiento es especial. Como se sabe, está escrito para orquesta y soprano. Al estar concebido como un canto de quien contempla «la belleza celestial», algunos han elegido cantarlo con niños soprano: es el caso de Benjamin Zander, Leonard Bernstein y Anton Nanut. Mas Farberman lo pone a cargo de Corinne Curry, una mezzo soprano de gran ductilidad para esas notas tan alejadas a su registro, pero que con su voz le otorga un toque de oscuridad y amarga resignación al Lied. Recuérdese que, con esa concepción, Bernard Haitink —para la versión en las Kersmatinees— eligió a una soprano-mezzo soprano como Maria Ewing y luego David Zinman haría lo mismo con Luga Orgonasova y la Tonhalle Orchester Zürich.
En cuanto a la Quinta sinfonía, de la que ya hemos hablado, tenemos en ella a un Farberman que ofrece una versión avasallante por su peculiaridad, densa y poderosa, de esas ante las que es imposible quedar impávido.
Con la Sexta, y para coincidencia de muchos, Farberman llega a su cúspide mahleriana, dándonos (creemos) la mejor versión de todas las grabadas, y que ya ha sido motivo de elogios de quien esto firma.
Con la Segunda, en cambio, Mr. HF está al frente ante una orquesta menos brillante, como la Filarmónica Real. A pesar de ello, y aceptando que en el nivel general podría no ser tan excelsa como las otras grabaciones, hay momentos inolvidables en esta versión. El primer movimiento es un verdadero desafío al oyente: se desarrolla con gelidez y, de a poco, va mostrando arrebatos contenidos ante la muerte del Titán de la Primera (si es que eso representa esta marcha fúnebre). Luego, Farberman avanza en la obra como si siguiera ciertamente un guion, que arriba con impresionante firmeza hasta el Ulricht, cantado aquí por Helen Watts y que es, muy probablemente, el más conmovedor de cuantos hay registro. El Final no se queda atrás, y en los segmentos de percusión, por ejemplo, Farberman muestra que ha tenido en sus manos las baquetas de los timbales alguna vez, porque consigue tramos de insospechada intensidad.

Según pasan los años
Tras ese episodio mahleriano de Farberman, que duró tres años (1979 a 1981) y dejó cinco discos, el conductor quiso volver a su amor por el compositor. Y lo hizo de una manera no menos original: en 1996 grabó el que es el primer registro de la reconstrucción de Clinton Carpenter de la Sinfonía Nº 10. Versión polémica, sin dudas, pues acaso empalidece ante la más popular y grabada de Deryck Cooke (aunque Carpenter trabajara desde antes que el inglés en completar esta obra inconclusa).
El momento en que Farberman graba la Décima es bien diferente al que lo encontró cuando grabó las otras sinfonías. El maestro ya ha conducido muchas orquestas, y si bien su experiencia es amplia, no tiene la oportunidad de contar para esta grabación con un ensamble prestigioso, como había sucedido con sus otras sinfonías de Mahler. Por eso entra a estudios con la Philharmonia Hungarica, conjunto alemán que se disolvería poco después, y consigue lo que es su despedida de los registros mahlerianos.
Por ese entonces, los rasgos que hemos destacado y elogiado de la concepción de Farberman de la partitura (el crítico Victor Carr hablaba de su «sensibilidad y vívida imaginación») han mutado. Increíblemente, Farberman ha dejado de opinar que «a Mahler se lo tocaba muy rápido» y ahora se ubica en el polo opuesto. Esto se demuestra con un Adagio que lejos está, por ejemplo, del Adagietto de la Quinta que competía en expresividad (y hasta superaba) al de Bernstein con la Filarmónica de Viena.
La clave la da Gerald Fox, presidente de los Mahleritas de Nueva York, en las notas que acompañan el CD de la Décima:

«El maestro Harold Farberman, en cuyas primeras grabaciones de las sinfonías de Mahler prevalecían los tempi lentos, ha reconsiderado las cuestiones de pace y tempo en Mahler. Después de algunas investigaciones —primero, las entrevistas de William Maloch con personas que habían tocado en orquestas bajo la dirección de Mahler; luego, el ensayo de Gilbert Kaplan sobre el Adagietto de la Quinta sinfonía, que prueba que el tempo elegido por Mahler para este movimiento era mucho más veloz de lo que muchos directores contemporáneos lo hacen— Farberman se convenció de que los propios tempi de Mahler eran mucho más rápidos de lo que estamos acostumbrados a oír. Consecuentemente, esta interpretación de la Décima refleja ese punto de vista».


A esa sorpresa, sentida por todos aquellos que creíamos haber «calado» a Farberman, se suma el hecho de juzgarlo al dirigir una versión no del todo habitual y de la cual tenemos poca competencia (sólo la han grabado Andrew Litton, David Zinman y Lan Shui). Aun así podemos decir que el director da de sí una lectura simétrica, aunque errática, y de gran entrega. Una versión que, eso sí, se anota como pionera y que resulta una coronación más que digna para un ciclo mahleriano parcial que brilla con luz propia y cuyo mayor defecto es el de no haberse completado alguna vez. Un ciclo tras el cual más de alguno, como quien esto escribe, habráse dado a pensar cuántas versiones «no canonizadas», y no sólo de Mahler, yacen ahí, a la espera de nuestros oídos.


Gracias, Lever

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Gracias, Lever

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Este artículo fue actualizado en junio de 2021.

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Stockhausen - Festival de éxitos - Stockhausen, Kagel, Gielen y otros

>> domingo, 27 de septiembre de 2009


Karlheinz Stockhausen, un genio experimentador, cuando todavía estaba lejos de los helicópteros

Que en 1973, cuando sólo tenía 45 años y sus realizaciones experimentales aún no habían culminado en audacias mayúsculas, la música de Karlheinz Stockhausen haya merecido una edición argentina en disco long-play, con un título tan inesperado como Festival of Hits, es algo tan asombroso cuanto que, en la misma colección, el sello de la etiqueta amarilla (DGG) había publicado otros títulos tan comerciales como Strauss (Johann, por supuesto), o Karajan, o música rusa o piezas para trompeta…
Lo sospechamos desde que conocimos música de Karlheinz Stockhausen: este hombre iba a ser el Beethoven de finales del siglo XX, e iba a ser recordado en el futuro como el gran compositor de ese tiempo, algo así como nosotros recordamos a Monteverdi, a Gluck, a Mozart, a Beethoven, a Sibelius…
Y ahí estaba la prueba: todo un disco con una inteligente antología de lo mejor que había compuesto Stockhausen. Es curioso que ese disco no se haya luego editado luego en CD. De modo que, como homenaje a este gran músico, una cúspide de la composición en las últimas décadas, hayamos querido rescatar este long-play, para recordar cómo empezó sus búsquedas, mucho antes de que se le ocurriera, por ejemplo, componer obras para 4 helicópteros combinados con un cuarteto de cuerdas…
Karlheinz Stockhausen nació en Mödrath, cerca de Colonia, Alemania, el 22 de agosto de 1928. Moriría en Kürten-Kettenberg, el 5 de diciembre de 2007. Estudió en la Escuela Superior de Música y en la Universidad de Colonia, y luego se perfeccionó en rítmica y estética musical con Olivier Messiaen, en París. En esta ciudad, junto al grupo de Musique Concrète de Radio France, realizó sus primeros experimentos, con espectros sonoros sinusoidales producidos electrónicamente. Luego se fue a su tierra, y allí colaboró con el Estudio de Música Electrónica de la Radio Colonia, que luego dirigió. También trabajó en Bonn, y en varias oportunidades en Japón y los Estados Unidos.
Las obras representadas en este disco son siete. Vamos a utilizar para su comentario algo del texto de Meirion Bowen contenido en el sobre del LP.
En Canción de los jóvenes, Stockhausen experimentó con los sonidos vocalizados, como base de la composición electrónica. En esta obra se oyen tres capas de sonido: 1) el ruido; 2) un sonido borroso, entre ruido y canto/sonidos hablados, y 3) frases habladas y cantadas, habiendo para ello tomado como material una grabación del Coro de Niños de la Catedral de Colonia. Se oyen estas voces, hacia atrás y adelante, dentro y fuera del foco sonoro. Toda una experiencia auditiva.
En Kontakte, se pueden oír el piano y la percusión improvisando, en algunos momentos en que ambos sonidos logran tomar contacto, y allí producir una unidad «mística».
En Carré las fuentes son tradicionales: una orquesta, un coro, pero la disposición es espacial, al modo de un Charles Ives. Dice el comentarista que el compositor estaba fascinado con la idea del sonido moviéndose en el espacio, y esperaba que algún día se pudiera inventar un equipo de radar que permitiera poner los sonidos en el lugar en que se desee. (N. del E.: En esta pista suenan la Orquesta Sinfónica y el Coro de la Radio de Alemania del Norte, con varios directores: nada menos que el argentino Mauricio Kagel, el alemán que vivió en la Argentina Michael Gielen, Andrzej Markowski y el propio Stokhausen).
En Himnos, se utilizan como material himnos nacionales. En Stimmung, se oye un solo acorde manipulado de manera hipnótica durante 73 minutos (el fragmento incluido en este disco dura menos de 9 de esos minutos). Y en Kurzwellen (Onda corta) utiliza como base… receptores de radio de onda corta (N. del E.: los manipuladores e instrumentistas son Aloys Kontarsky en piano y receptor de onda corta, Harold Bojé en electronium y receptor de onda corta, Alfred Alings y Rolf Gehlhaar en percusión y receptor de onda corta, Johannes G. Fritsch en guitarra eléctrica y receptor de onda corta y Stockhausen en filtro y mezcladora).
Fascinante, sin duda. Esta antología es sólo eso: un muestrario de las cosas magníficas que hacía Stockhausen en sus primeros años de experimentación.
He filtrado el sonido del LP y espero que el ruido que se escuche sea el producido electrónicamente por las ondas sinusoidales y por la manipulación de las cintas magnéticas, y no por la púa de mi tocadiscos…

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Una galería de cuadros en una exposición (2/4)

>> jueves, 24 de septiembre de 2009



Segundo acto: Mussorgsky

En la primera estrega de esta serie, conocimos de la breve y no muy feliz vida de Viktor Hartmann, cuya obra pictórica inspiro la creación de Cuadros en una exposición. Casi en un trágico paralelo, Mussorgsky tuvo una vida igualmente marcada por la infelicidad, el desorden personal y el infortunio, que trunco prematuramente su notable capacidad creativa.
Modest Petrovitch Mussorgsky nació en la pequeña aldea de Karevo, Pskov el 21 de marzo de 1839 y falleció poco después de cumplir escasamente 42 años de vida, el 28 de marzo de 1881. Sus primeros años los vivió en su aldea, enclavada en una zona rural a solo 20 km. de la frontera rusa con Estonia (notable es señalar que Pskov fue donde el último zar de Rusia abdicó en marzo de 1917).
Mussorgsky se identificó notablemente con su tierra y su gente, y desarrolló una notable sensibilidad humana. Sin embargo, en él se combinaron varios elementos negativos conjurados para limitar su potencial creativo: siempre presentó una salud quebrantada, tuvo una vida de estrecheces y padeció toda su vida de excesivo y patológico nerviosismo. Todas estas debilidades aguzaron su sensibilidad para captar una visión exacta y consciente del pueblo, para la cual la música se volvió su medio de expresión para con los demás y un mecanismo de auto motivación. A los 27 años de edad, la hermana de Borodin describió a Mussorgsky como «un brillante oficial en el regimiento de Preobrazhensky», actividad que alternaba con la música, y aunque eran frecuentes las acometidas del ya mencionado padecimiento nervioso que lo aquejó casi toda su existencia, el amor por la música lo impulsaba a sobreponerse con renovado entusiasmo.
Intelectualmente, Mussorgsky nunca tuvo una formación musical formal, aunque frecuentó los círculos musicales rusos de la época, y de esas inmersiones, surgió su involucramiento en el Grupo el Gran Puñado o, más sucintamente, como el Grupo de los Cinco, una suerte de fraternidad de compositores jóvenes integrada a partir de la imagen de Mikhail Glinka en 1856. Este Grupo estuvo integrado paulatinamente por Balárikev y Cui, luego se les unió Mussorgsky al año siguiente, y posteriormente Rimsky-Korsakov en 1861 y Borodin en 1862. Todos ellos compartían el fervor de la juventud (Balárikev tenía 25, Cui 27, Mussorgsky 23, Borodin 28 y Rimsky-Korsakov 18) y todos eran músicos aficionados autodidactas que tenían formaciones distintas a la música. Borodin combinó la composición con la carrera de Química. Rimsky-Korsakov fue un oficial naval, nuestro amigo Mussorgsky se enroló en la Guardia Estatal, después en el servicio militar y antes de dedicarse informalmente a la música; incluso en el apogeo de su carrera en la década de 1870 fue obligado por la costa de vicio de beber a mantener un trabajo burocrático a tiempo completo en el Departamento Forestal del Estado.
En contraste al estatus de élite y las conexiones con el Conservatorio de compositores como Tschaikovsky, el Grupo de los Cinco eran principalmente de la aristocracia menor provinciana. En cierto grado su «espíritu de cuerpo» dependía del mito, que ellos mismos crearon, de un movimiento fuertemente identificado con valores e idiosincracia «auténticamente rusas», en el sentido de que eran más cercanos a las raíces nacionales que a la clásica academia internacionalista de Moscú.
La bebida y la muerte de su madre fueron una combinación fatal para Mussorgsky y hacia el final de sus días, el pintor Ilya Repin hizo un célebre retrato que muestra su triste imagen antes de morir, desfachatada, desordenada, pero… con un halito de vivacidad en su mirada que nos muestra el enorme potencial creativo que se perdió a consecuencia de la infame vida que llevó.
Muchos autores no le acuñan a Mussorgsky un gran valor musical a su legado y en ello recuerdo especialmente a nuestro querido Cuervolopez como, en su muy particular estilo, se desasía en improperios al pobre Mussorgsky, como un músico incompleto e irregular, que legó al mundo un pequeño punado de obras que necesitaron del talento de otros para ser finalizadas u orquestadas.
Yo prefiero ver a este compositor como un caso de extrema sensibilidad musical que nos pintó obras en que la belleza se subordina a la crudeza de la realidad con una notable expresión dinámica.
Los Cuadros... son una expresión de esa sensibilidad artística de Mussorgsy, la cual no sigue un patrón musical específico pero que podríamos tipificar en la mayoría de su obra dentro del tipo de música romántica, correspondiente al género de la música de programa o música programática.
En el caso particular de los Cuadros, de los más de 400 grabados y pinturas incluidas en la exposición de 1874, Mussorgsky seleccionó los siguientes para construir su suite para piano:

• Gnomus: un gnomo alargando con pasos torpes sus piernecillas torcidas, con aullidos y convulsiones.
• El viejo castillo: un castillo de la Edad Media, ante el cual canta un trovador.
• Tullerías: en la alameda de un jardín, se pinta un conjunto de niños junto a sus juegos.
• Bydlo: una carreta polaca con dos enormes ruedas, enganchada a dos bueyes (con un gran manejo de la dinámica, Mussorgsky refleja el acercamiento y alejamiento de la carreta).
• Ballet de polluelos en sus cáscaras: imagen humorística de dos polluelos festivos; este dibujo a tinta china fue hecho para el decorado del ballet Trilbi.
• Dos judíos polacos: uno rico y arrogante, el otro pobre y plañidero (este cuadro refleja el antisemitismo ruso de la época.)
• El mercado de Limoges: una ilustración de un mercado en el cual dos mujeres discuten animadamente
• Catacumbas: se ve allí un autorretrato de Hartmann y dos sombras, visitando las catacumbas a la luz de una linterna.
• La cabaña sobre patas de gallina: una de los iconos legendarios rusos, en la forma de una cabaña con forma de reloj sostenida en enormes patas de gallina en donde vive la bruja Baba-Yaga.
• La Gran Puerta de Kiev: el frustrado proyecto de construcción arquitectónica dedicado al intento de asesinato del Zar Alexander II en el estilo ruso antiguo imaginario de Hartmann y Ropet coronada con una cúpula en forma de casco.


En la construcción musical, Mussorgsky realizó un conjunto de piezas brillantemente descriptivas, las cuales son cohesionadas entre sí con un ampuloso y elegante tema musical que recrea el acto de pasease caminando por la exposición (Promenade: «paseo», en francés) el cual se oye abre la obra y hace varias transiciones entre cada uno de los Cuadros. El ambiente de la obra en general transmite un sentimiento de nostalgia por una época que desapareció hace mucho tiempo, pero además ilustra brillantemente un amplio espectro de episodios musicales.

La orquestación de Ravel
En la versión orquestada de Maurice Ravel hay muchas grabaciones notables que el lector puede obtener. No puedo dejar de recomendar las clásicas de Karajan, Reiner, Solti, Ormandy y Bernstein. Entre las nuevas, no puedo dejar de mencionar un registro que me compartió mi buen amigo Carlos Quintero M, melómano y colaborador de este blog, que sacudió espectacularmente mis neuronas. Hoy, creo que es el mejor momento de compatirlo con ustedes y aprovecho en su nombre compartirlo al pie de esta crónica… Se trata de un concierto en vivo del 27 de octubre de 2008 en la Philharmonie de Berlín, en el que el veterano maestro frances Georges Prêtre dirige a la Deutsches-Symphonie -Orchester Berlin.
Cuando me compartió la grabacion, mi amigo Carlos escribió:

«El caso de los Cuadros es similar. Ravel hizo el arreglo para poner a una orquesta al máximo de sus tonos y timbres. Llama entonces la atención que muchos directores afamados hayan hecho versiones relativamente tímidas y controladas en exceso de esta gran pieza. Dentro de las versiones más logradas están las de Bernstein, Ormandy y Abbado con la LSO (me parece superior a su grabación berlinesa). Aun con todo esto, siempre tuve la sensación de que algo faltaba. Finalmente la respuesta a esta disconformidad ha llegado este año a través de una grabación de un concierto reciente que aun me machaca el cráneo de lo bello, logrado, fluido y expresivo que se logró la noche del 27/10/2008, en la Philharmonie de Berlin. El director, un reputado, discreto y veterano francés que ha logrado reconocimiento en el trayecto final de su carrera, y que nunca ha figurado como una prima donna de la batuta. Su nombre es Georges Prêtre. Estoy preparado a cantar a esta como la mejor grabación disponible de los Cuadros en una exposición, y clamando de una vez porque salga pronto en grabación comercial».


Querido amigo Carlos, en efecto: ésta se ha convertido en mi grabación preferida junto a Solti y Karajan, y hoy en tu honor la comparto con los lectores… es estupenda, increíble, espectacular… perfecta. Garra y pasión con una técnica expresiva incomparable. Aludiendo a tu comentario, en ese mismo escenario, en el concierto de año nuevo de 2007 se dio uno de esos casos que «llaman entonces la atención que muchos directores afamados hayan hecho versiones relativamente tímidas y controladas en exceso de esta gran pieza». Sir Simon Rattle y la otrora augusta Filarmónica de Berlín grabaron una interpretación de esa misma pieza que está a años luz por debajo de la lectura de Prêtre: floja, tímida y gris lectura en mala hora fue editada por EMI… Je je je, pero de Rattle tendré espacio para conversar con ustedes luego. En tanto, disfruten de la maravillosa lectura de Prêtre y regresaré con ustedes en la próxima entrega de esta saga estudiando y compartiendo varias otras transcripciones de esta genial pieza para orquesta y para otros conjuntos instrumentales…

Mussorgsky - Cuadros en una exposición (Ravel) - Prêtre

Nota: la grabación a la que se refieren Quintero y Nosthas ha sido traída a la red por el blog StateWork.

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Shostakovich - Sinfonía Nº 5 - Haitink

>> lunes, 21 de septiembre de 2009




Las sinfonías de Shostakovich de principio a fin.
La integral de Bernard Haitink.
Quinta sinfonía

La Sinfonía Nº 5 en Re menor Op. 47 fue estrenada el 21 de noviembre de 1937 en Leningrado por la Orquesta Filarmónica de dicha ciudad, bajo la dirección de Yevgeny Mravinsky.
Tras la suspensión del estreno de su cuarta sinfonía en diciembre de 1936, la situación de Shostakovich es muy complicada. Pesan sobre él los artículos contra su música vertidos en Pravda por la cúpula del PCUS. Existe una atmósfera de opresión política, iniciada con las primeras purgas de Stalin, en la que allegados y familiares del compositor fueron arrestados e incluso ejecutados; ni tan siquiera el apoyo del poderoso valedor de Shostakovich, el mariscal Mijail Tukhachevsky (uno de los cinco primeros mariscales del Ejercito Rojo), ya que este, caído también en desgracia, fue procesado y ejecutado en junio de 1937. Con este panorama ante si, Shostakovich no tiene otra salida que cumplir con las indicaciones del partido en orden a abandonar el «formalismo» y componer de acuerdo al realismo socialista.
Pero estamos hablando de Dmitri Dmitrievich Shostakovich. Ya, en la Cuarta sinfonía, trastocó a su pleno antojo las normas académicas de la composición, pero, como ya señalamos, sin dejar de demostrar su gran dominio de la creación musical. Escribiría, pues, una nueva partitura, una sinfonía que colmará las expectativas del partido, una pieza que, sin lugar a dudas, ensalzará los valores eternos del proletariado y su fe inquebrantable en la victoria final. Y además, una obra con una estructura técnica impecable, académicamente perfecta. Nadie podrá negar que responde plenamente a las características del realismo socialista. Pero, al mismo tiempo, sutilmente, compondría una música capaz de aunar los sentimientos de los oyentes, al modo de Mahler (¡una vez más, Mahler!); oyentes que acabarán arrastrados a una emoción única y controlada, donde el músico logra transmitir a la audiencia el sentimiento trágico que le produce la censura sobre su obra, dotándola de un pathos desgarrador. Un nuevo truco de magia, una sinfonía que eleva sobremanera el espíritu humano, pero después de recorrer los doloridos fondos del alma; una obra que transmuta lo simple en arte sublime.
En el primer movimiento (Moderato) subyace la forma sonata. La exposición arranca con un vigoroso canon sobre el que se desarrolla un abrumador motivo principal, que acaba acompañado por una lírica melodía ejecutada por los primeros violines. Posteriormente las cuerdas introducen el segundo tema, amplio pero hierático y acerado. Con todo el material presentado, se produce el desarrollo, cambiando los tempi tanto en aumento como en disminución, creando un conflicto contrapuntístico en sí mismo, el cual acaba transformado, a través de la percusión y de las trompetas, en una especie de marcha de banda militar no exenta de cierto tinte grotesco. El drama interno del «Despertar a la lucha» alcanza el clímax en la recapitulación, donde, sin apenas nuevos temas, la carga emocional llega a las más altas cotas. La coda nos lleva, en el dialogo de las cuerdas menores con la celesta, a un ambiguo y evocador desenlace. Con una variación del tema principal del primer movimiento, en forma de scherzo y a ritmo de vals, se inicia el segundo movimiento (Allegretto). Hay un grave motivo melódico con las tubas, después los clarinetes, más tarde los oboes y finalmente las cuerdas, para desembocar en una graciosa melodía llena de energía.
En el tercer movimiento (Largo) Shostakovich abandona el uso de viento-metales (trompetas en el primer movimiento y tubas en el segundo) y, subdividiendo las secciones de cuerda, expone el motivo en apasionadas y alargadas melodías, sólo apoyadas por los vientos de madera. El ambiente se llena de tristeza y resignación; otra vez confusión; y, de nuevo, renacer frente al derrotismo (hay quien señala los sonidos del xilofón como una imagen de la «crítica justa» que espolea el abatido ánimo del hombre). Tras el conflicto, en una dulce paz, muere la música. El cuarto movimiento (Allegro non troppo) se inicia con un poderoso comienzo en las cuerdas que arrastra al oyente con su energía, tras esto aparece el primer tema, que se presenta dividido en dos subtemas claramente distinguibles. El primero ejecutado por las trompetas sobre los fieros redobles de los timbales, a continuación, sobre un fondo de notas repetidas, suena el segundo en las cuerdas. Tras la exposición, se entra en una zona intermedia, que discurre mayoritariamente en pianísimo, donde nuevas melodías nos exponen, de forma misteriosa, un subyugante pasaje sonoro. Tras un marcado silencio los viento-maderas nos traen el tema principal que desemboca en el poderosísimo finale escrito en clave de Re mayor, la tonalidad antagónica a la general de la sinfonía, Re menor; asociada esta por convenio a un carácter circunspecto, tímido y melancólico, mientras que aquella se asocia al regocijo, al triunfo, a la victoria. Se especula, y es motivo de controversia, sobre la intencionalidad del autor con este cambio. Sea intencionado o no, lo cierto es que el brillante final dota a la obra, en su totalidad, de sentido positivo de la vida, de triunfo de las potencias del alma, de un desmesurado ánimo para el renacer del hombre.
El estreno fue un clamoroso éxito, siendo ovacionado por más de 40 minutos, y la obra quedó como una de las favoritas del público soviético. El porqué de esta calurosa acogida viene dada por la estrecha relación entre los sentimientos vertidos por Shostakovich en su obra con los de los ciudadanos de la época. En unos tiempos tan convulsos como aquellos, el publico ruso estaba abierto a evocar intensas emociones, y Shostakovich supo compartir con ellos sus penas y sus esperanzas. Por su parte el aparato oficial quedo plenamente satisfecho; los críticos oficialistas hablaban, por ejemplo, del fiel retrato que el compositor hace de la «formación de la personalidad soviética» y como, en un ascenso lleno de optimismo, siempre llega la victoria. El autor había descrito la sinfonía como la «respuesta de un artista a una crítica justa», esto, para el régimen estalinista, equivalía a un acatamiento incondicional por parte del compositor. Se ha dicho que con esta sinfonía Shostakovich salvó la vida; pero lo que realmente le libró de ser procesado fue suspender el estreno de la cuarta sinfonía. Si el autor hubiese querido complacer servilmente las presiones del PCUS, le habría bastado con escribir una obra programática, descriptiva y sin pretensiones espirituales. La Quinta es, pues, un envite a Stalin; como ya comentamos, un juego de malabares, en el que aparentando sometimiento, el compositor nos planta una obra llena de conceptos abstractos, difíciles lecturas y complejas emociones.
Hay un poema de Pushkin, Vozrozhdenije (Renacimiento), musicado por Shostakovich en el opus 46 No.1 , el anterior a la Quinta sinfonía, que para muchos es clave para la comprensión de la actitud del compositor. Dicho poema dice:

Renacimiento
Un artista-bárbaro con su perezoso pincel
ennegrece la pintura de un genio.
Y, sin sentido, lo cubre con
su propio dibujo ilegítimo.
Pero con el paso de los años, los extraños colores
caen como escalas podridas;
la creación del genio surge
ante nosotros en su primigenia belleza.
Así desaparecen las ilusiones
de mi alma atormentada
y en ella aparecen visiones
de tiempos originales e inocentes.

De la mano de Bernard Haitink , dirigiendo de forma magistral la Orquesta Real del Concertgebouw, «surge ante nosotros la creación del genio», la obra con la que Shostakovich encontró ese nuevo y poderoso lenguaje musical que caracterizó, desde ese momento y para siempre, toda su impresionante producción artística.

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Mahler - Sinfonía Nº 3 - Mehta (Baviera)

>> viernes, 18 de septiembre de 2009



Zubin Mehta
y su última versión de la Tercera de Mahler. Luego de grabar esta misma obra junto a la Los Angeles Philharmonic y la Israel Philharmonic Orchestra, el director indio ofrece este registro con la Das Bayerische Staatsorchester, el Frauenchor Des Wiener Singverein, el Frauenchor Des Wiener Singverein y la contralto Marjana Lipovsek.
Citamos un fragmento de la excelente crítica de Pablo Sánchez Quinteiro, en la web gustav-mahler.es, dedicada a este disco:

«(…) el primer movimiento, tras una primera parte lenta y un tanto ominosa, el primer solo de trombón es interpretado con gran precisión pero de forma un tanto austera –el solista Andrea Conti en su web recoge con orgullo una selección de críticas de esta grabación. A partir de este punto la versión gana en energía, aunque los sucesivos solos de trombón constituyen puntos de inflexión mostrando una enorme introspección. La reexposición de la fanfarria inicial, curiosamente ya no tan solemne en esta segunda ocasión, es un preludio de un explosivo final. El segundo movimiento, como era de esperar, todavía se mueve en este clima prístino. Lento, naive, siempre elegante, languidece en una hermosa coda. En el tercer movimiento los solos de postillón citados, que no de trompeta, son hermosamente interpretados aunque para mi gusto excesivamente in die Ferne. La coda de este movimiento tiene el sello genuino de Mehta, pues donde todos los directores optan por el tutti morrocotudo, éste no deja que la energía se destruya y nos sorprende con una coda extremadamente lenta. En el 4º movimiento la voz de Lipovsek con su hermoso registro grave es una garantía. En este movimiento Mehta ignora las nuevas prácticas y no recurre al hinaufziehen ya mayoritariamente aceptado. Coro y solista excelente en el Es sungen drei Engel, que deja paso a la prueba de fuego de cualquier Tercera, el difícil final que en más de una ocasión ha echado por tierra grabaciones hasta el momento redondas como es el caso de la de Chailly. Y aquí Mehta, coherente con lo ya expuesto, pide a sus músicos que la música fluya lentamente, de una forma serena e intimista. Aunque el resultado es hermoso en la primera parte del movimiento, y en la sección Nicht mehr so breit, sin embargo en el retorno al Tempo I Mehta vuelve a caer en el mismo error que en la versión de 1978, no consiguiendo que el discurso mantenga la tensión. En el momento en que se inicia la triunfal coda la atención se ha disipado. Curiosamente en esta reciente versión el tempi es más lento que en la de Los Angeles, como bien refeleja el minutaje, sin embargo a mi juicio Mehta se acerca en parte a ese ideal no alcanzado; sobre todo en la primera parte del Final. Este frustrado final hace que la versión se quede sólo en un notable alto más que merecido por la intensidad, coherencia y personalidad de los primeros movimientos».


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Mozart: Sinfonía Nº 25 - I Mov. - Böhm

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