Shostakovich - Sinfonía Nº 15 - Haitink

>> domingo, 1 de diciembre de 2013




Las sinfonías de Shostakovich de principio a fin.
La integral de Bernard Haitink
Decimoquinta sinfonía

La Sinfonía Nº 15 en La mayor Op. 141, fue estrenada en Moscú el 8 de enero de 1972 por la Orquesta Sinfónica de la Televisión y Radio Estatal de la URSS dirigida por Maxim Shostakovich.
En el otoño de 1969 Shostakovich es diagnosticado, por fin con certeza, de los achaques de salud a los que estaba sometido desde hacía años. Una rara forma de poliomielitis progresiva. Lo cual, unido a los problemas de corazón que también padece, hace que sus ingresos hospitalarios sean una constante.
Le recomiendan al doctor Gavriil Ilizarov, el cual, en su clínica de Kurgan, al este de los Urales, está obteniendo grandes resultados en pacientes con enfermedades del tipo de la que sufre Shostakovich. Así que el matrimonio parte para Kurgan en febrero de 1970, y allí recibe tratamiento de rehabilitación funcional. Los años 1970 y 1971 los comparte entre la clínica de Kurgan y Moscú. Aunque el compositor hace comentarios optimistas acerca de la evolución del tratamiento –tales como: «Posiblemente pueda volver a tocar el piano»– quienes le conocen, como Isaak Glikman, reconocen que, en los pocos eventos a los que Shostakovich puede acudir, no aprecian cambios significativos ni en la forma de andar ni en la movilidad de su brazo.
Estas circunstancias llevaron a una bajada de ritmo en sus actividades oficiales, llegando a no poder asistir a la apertura de la Cuarta Competición Internacional Chaikovski en Moscú, de la que era presidente del comité organizador, así como muchas otras ocupaciones dentro de la Unión de Compositores. De la misma manera, su actividad compositora disminuye de forma drástica si la comparamos con cualquier otro período de su vida artística. En el período que va desde el estreno de su decimocuarta sinfonía y la siguiente sólo compone cinco obras, de las cuales tres son de encargo, o bien, de compromiso.
Lealtad, su opus 136, son ocho baladas sobre textos de Dolmatovsky para coro masculino solo, para ser interpretado en el aniversario de Lenin por los coros de la Academia Estatal de Estonia y dedicado a su director Gustav Ernesaks. También compuso una marcha para la banda de metales de la policía de la URSS.


Más atracción le produjo volver a poner música al film El rey Lear del director ucraniano Grigori Kózintsev, con el cual ya había colaborado exitosamente en Hamlet. Este nuevo acercamiento a la obra de Shakespeare puede ser la causa de la revisión (realmente orquestación para bajo y orquesta de cámara) de los Seis romances sobre versos de poetas ingleses su opus 62 y orquestado para gran orquesta con el 62a, pero al que registra como una obra nueva con el número de obra 140. Posiblemente, una vez más, Shostakovich aporta una de cal tras haber dado una de arena, no resistiéndose a musicar de nuevo el soneto 66 de Shakespeare, donde cita:

«y el arte amordazado por la autoridad
y el genio obedeciendo a un docto mequetrefe»

La única obra que, por decirlo de alguna manera, pertenece al corpus musical de primera línea de Shostakovich es el Cuarteto de Cuerda número 13 en Si bemol menor, op. 138, dedicado al ya retirado viola y miembro fundador del Cuarteto Beethoven, Vadim Borisovsky. Una obra que, estructurada en un único movimiento, usa motivos de la banda sonora de El rey Lear y utiliza recursos musicales que recuerdan a Bartók y a Berg. Y, una vez más, los crípticos comentarios del compositor hacen sospechar que, de alguna manera, el cuarteto indaga sobre la idea de la muerte. Toda esta pequeña producción, insisto que inusual en Shostakovich, se realiza en los años comentados arriba entre Kurgan, Moscú y su dacha de Repino.
Es en estos lugares donde, durante el verano de 1971, compone su Sinfonía número 15 en La mayor, op. 141. Durante un tiempo Shostakovich había trasladado a sus amigos y colegas el afán que sentía por escribir una «sinfonía pura», la primera desde su Décima sin texto y sin programa temático alguno. En sus palabras «una sinfonía falta de contenido ideológico, algo en la línea de mi Novena». Emplea en su elaboración poco más de un mes, cuenta en una entrevista que «es una obra con la que he sufrido un arrebato, una de las pocas obras que he tenido clara desde el principio, desde la primera nota hasta la última. Sólo faltaba escribirla».
La sinfonía está llena de citas, más o menos explicitas, tanto a obras de otros autores como propias. Otra característica, muy marcada de la Décimoquinta sinfonía, es la gran cantidad de pasajes tocados con un único instrumento o una agrupación de instrumentos similares.
Así, es difícil recordar otra composición que comience, como esta, con un solo de glockenspiel, justo los dos primeros compases, que dan pie al solo de flauta que inicia la primera melodía, que tiene un cierto carácter bucólico y se ve pronto soportada por las cuerdas en pizzicato. Comienza con un pequeño solapamiento con la flauta un nuevo tema a cargo del fagot, también marcado con la indicación de «solo», y cuya estructura melódica es muy característica del último Shostakovich, atreviéndonos a definirla, con ambigüedad, como alegremente tétrica o viceversa, como el oyente desee. Las cuerdas continúan dando soporte, alternando pizzicato con frotar del arco, y en rápida sucesión se van incorporando nuevos instrumentos. En el desarrollo central del movimiento, Allegreto cuya  duración total es de alrededor de 8 minutos, ambos temas de trenzan ya a toda orquesta. Difuminadas citas a anteriores composiciones del autor quedan en segundo plano ante la rotunda claridad con que Shostakovich incrusta, hasta cinco veces la Marcha de los soldados suizos, finale de la obertura de la ópera Guillermo Tell de Gioachino Rossini. El motivo no lo sabemos con seguridad, las suposiciones las daremos más abajo.


El segundo movimiento, marcado con los tempos Adagio–Largo-Adagio-Largo de una duración aproximada de 16 minutos comienza con los bronces únicamente, con alguno de ellos manteniendo la misma nota de forma constante, con lo que se crea una sensación similar a la del primer movimiento de la Sinfonía Nº11, la atmosfera de una gran plaza vacía, helada, una premonición de que algo triste va a suceder o el recuerdo de episodios trágicos. El solo de violonchelo que sigue refuerza el concepto de réquiem, las flautas trenzan quedas y juguetonas melodías en segundo plano, vuelven los metales. Un solo de violín continúa transmitiendo la sensación de patetismo de la escena. El tono general se levanta en un crescendo que recuerda el Finale de la Quinta sinfonía, los timbales en sordina y las trompetas rebajan el nivel explosivo para dar paso al lento, con líneas largas en los instrumentos de viento-madera y cuerdas.


Apuntes de La Varsoviana, de nuevo el recuerdo al sentimiento de la undécima sinfonía, luego se culmina el adagio por la celesta. Los vientos nos llevan a un final de pulsos separados de forma asimétrica que muere en la nada.
Contra la inmensa tristeza que desprende el anterior movimiento, se ataca el tercero, corto, de 4 o 5 minutos aproximadamente, un scherzo mahleriano marcado con el tempo de Allegretto. Es como un salto al espíritu del primer movimiento, pero con desenfado, sin sombras como aquel, aquí los solos son melodías más alegres y saltarinas, los tutti más eufóricos, las citas más desinhibidas y desprovistas de misterio. Apuntes al tema «DSCH» en el tono que domina en la décima sinfonía, clarinete, pícolo y flauta componen traviesas melodías, esta vez en primer plano. Para acabar cediendo el protagonismo al pícolo y a la percusión, que, con castañuelas, bloque de madera y xilófono, y el soporte de las cuerdas, realiza una extraña coda que recuerda al final del segundo movimiento de la Cuarta sinfonía.


El cuarto movimiento, el más largo de todos, sobre los 17 minutos y marcado con los tempos de Adagio-Allegretto-Adagio-Allegretto comienza con los acordes del motivo del destino, del Anillo del Nibelungo de Wagner, el cual enlaza con la marcha fúnebre de Sigfrido y un poco más tarde el famoso acorde de Tristán para comenzar el desarrollo del movimiento que, con claras alusiones al tema de la guerra de la Séptima sinfonía, desemboca en un passacaglia que vuelve a reproducir las citas al músico alemán.


Nos encaminamos al final, de la mano de las cuerdas y luego de la celesta y clarinete se entra en un larguísimo pedal de las cuerdas en la misma nota y sobre ellas los diferentes elementos de la percusión van desgranando pequeños temas, notas y pulsos hasta culminar en silencio.



La característica más destacada de la sinfonía es la cantidad de alusiones a obras, tanto propias como ajenas. De las propias, además de las sinfonías relacionadas en la descripción anterior, hay citas también a la Octava, Novena y Décimotercera sinfonía, amén de otras varias composiciones del autor como conciertos, óperas y otros. De los ajenos, además de los mentados Rossini y Wagner, se nombra a Glinka, Chaikovski, Richard Strauss (Vida de Héroe), Rajmáninov (Las danzas sinfónicas).
El porqué de esta desmesurada acumulación de referencias musicales no está claro y Shostakovich, una vez más no nos saca de dudas. Una carta a Glikman dice: «No sé muy bien por qué las citas están ahí, pero yo no podía, no podía, no incluirlas». Pero en una sinfonía que se perfila como una mirada introspectiva a un trazado vital, un recorrido de la cuna a la tumba, cabe esperar que los hitos, sentimientos y recuerdos se marquen con pasajes musicales.
Shostakovich dijo, más bien aceptó, en una entrevista, que el primer movimiento reflejaba una tienda de juguetes. La curiosidad sobre el porqué de la inclusión del fragmento de Guillermo Tell, teniendo en cuenta que nunca Shostakovich realizaba citas tan explicitas como esta, ha llevado a estudiosos a citar pero no explicar tan fiel reproducción de la música de Rossini. Alguno, más atrevido, aventura que no es al músico, Rossini, al que alude sino al espíritu que transmite la Marcha de los Soldados Suizos. No en vano el archifamoso fragmento está fuertemente asociado a la acción, feroces galopadas de caballo, mayormente del héroe que acude al rescate. Tratándose de un momento que relata pasajes de infancia ¿por qué no podría haberse acordado Shostakovich de El Llanero Solitario y ligarlo a los sueños de infancia?
Más indicativa, para la comprensión general de la obra, es la afirmación de que la mayor influencia de la sinfonía proviene de Chéjov. Concretamente el cuento El monje negro, según el mismo Shostakovich en sus Memorias, tiene mucho que ver con el sentido de la Décimoquinta. En dicho cuento, un inquietante relato sobre un intelectual enfermo que mantiene trascendentales diálogos con un imaginario monje que se le aparece, el tema principal de las conversaciones es la mediocridad generalizada y la genialidad de los elegidos, casi al final de la historia Kovrin, que así se llama el protagonista del cuento, admite no estar tocado por los dioses: «Sí, tenía que admitir todo esto. Había sufrido y había hecho sufrir sólo para ser una mediocridad. Sí, se dio cuenta de que era una mediocridad, y lo aceptó así, pensando que cada hombre debe estar satisfecho con lo que realmente es».
Eso puede ser lo que tenemos; a un hombre enfermo, en una sala de hospital –¿no  puede parecer el sonido del final de la sinfonía al de dicha sala?–, mirando atrás con humildad, a su primera edad y los anhelos infantiles, al inmenso dolor de tantas y tantas muertes en su derredor, a tantos sufrimientos muchas veces inútiles, al humor y la valentía cotidiana para sobrellevar tantos pesares con dignidad. Y, desde luego, también enfrentándose a su realidad presente. En el último tercio del siglo XX, técnicas como el collage estaban aceptadas en todas las ramas del arte. Desde la perspectiva de lo anterior, Shostakovich plasma un gran mural, un collage monumental de sentimientos, el compendio de una vida aceptada.
Shostakovich muere el 9 de agosto de 1975. Tras tantas enfermedades fue un cáncer de pulmón el que lo llevó a la tumba. Trabajó hasta casi el final, componiendo importantes obras tras su Décimoquinta sinfonía, entre ellas sus dos últimos cuartetos de cuerda los números 14 Op. 142 (1972-73) y 15 Op. 144 (1974), este último, todo un réquiem con sus seis adagios. Tres magníficos ejemplos de esa otra especialidad de Shostakovich que son las suites de canciones: Seis poemas de Marina Tsvetáyeva Op. 143 para contralto y piano, la Suite sobre poemas de Michelangelo Buonarrotti Op. 145 (1974) para bajo y piano, obra que según su hijo Maxim, Shostakovich planeaba usar de base para su Décimosextma sinfonía, y  Y la elegiaca Sonata para viola y piano Op. 147, su última obra registrada.
Sus restos reposan en el Cementerio Novodévichi de Moscú, bajo una lapida de piedra con su nombre, años de nacimiento y muerte y las cuatro notas de su «motivo DSCH». Suponemos que una sonrisa de felicidad se dibuja en su cara, el monje negro le susurraría al oído lo mismo que a Kovrin al morir, que era un genio, y que moría porque su débil cuerpo había perdido el equilibrio y no podía servir más de cobertura de un genio.
Bernard Haitink al frente de la London Philarmonic Orchestra nos ofrece una más que respetable lectura de esta enigmática y última sinfonía de Dmitri Dmitrievich Shostakovich.


 

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Honrar al amigo

El jueves 8 de marzo de 2009 llegué a Buenos Aires en un vuelo procedente desde Mendoza. Unos días antes había recibido la invitación de parte de una cadena de televisión por cable para cubrir en la capital argentina el lanzamiento de una nueva señal. Poco me interesaba todo ello: iba a cumplir mi tarea, por supuesto, e iba a volcarla en diversas notas luego. Pero la razón principal para decidirme a hacer yo el viaje, como jefe de la sección de espectáculos del Diario Uno, y no enviar a uno de los redactores era que eso me iba a permitir conocer, por fin, en persona, a mi amigo Gabriel El Cuervo López.



Al Cuervo lo había conocido por otra vía: me crucé una vez con su blog de música clásica y, como miles de internautas del planeta entero, quedé fascinado con la cantidad de material que ofrecía, con los comentarios hilarantes, cascarrabias y muchas veces eruditos que ofrecía en esa página.

Pronto, tras escribirle, consolidamos una amistad hecha de intereses comunes y de bromas mutuas. Su generosidad siempre fue por delante de la mía: pronto se ofreció a comprarme y enviarme a Mendoza discos que conseguía en las disquerías porteñas, a grabarme «joyitas» inhallables, a avisarme de alguna novedad. Yo sólo colaboraba con artículos y mi más modesto caudal de grabaciones digitalizadas, pero al parecer vio en mí a alguien de confianza y me sorprendió al decidir que su blog –que no necesitaba de nadie más y tenía miles de visitas diarias– me tuviera como coautor y administrador.

Así que cuando llegué ese jueves a Buenos Aires lo único que quería era hacer lo que faltaba: estrecharle la mano al amigo. Hacía calor, el hotel era más que agradable y la entrevista periodística estaba prevista para la tarde. Todo encajó entonces para que me encaminara directamente al departamento del Cuervo, en pleno centro de la «city porteña». Me recibió con una gaseosa («no puedo creer que no tomés ni una cerveza», bromeó), me mostró rápidamente el lugar donde vivía y con pudor evitó referirse a la única habitación cerrada: allí estaba su madre, enferma y con un avanzado estado de senilidad.

Salimos a pasear luego y El Cuervo ofició de guía turístico, con un tema fijo: las disquerías. Recorrimos una y otra, me aconsejó lugares y grabaciones. Detectó perdida entre discos sin importancias una versión de la Cuarta de Shostakovich por Inbal, para el sello Denon; me llevó hasta donde había visto la primera edición en disco compacto del Das Klagende Lied de Mahler por Rattle y una reedición en Decca de la Sinfonía Nº15 de Shostakovich por Haitink. En medio de tanta música, me habló también de un amor naciente que quería consolidar (todo, claro, floreado por acotaciones subidas de tono y siempre en carácter jocoso).
Se hizo la hora de mi entrevista y me acompañó hasta la puerta del hotel. Habíamos caminado mucho y sudábamos, él bastante más que yo: pero estábamos contentos. Parecíamos amigos de años, parecía que al otro día íbamos a volver a juntarnos.

Hice mi trabajo y cuando subí a mi habitación revisé en mi computadora portátil el correo. A las 20.01 me había enviado un correo cuyo asunto decía: «Genial». El mensaje era este:

«Estuvo genial. No paramos de hablar... jaja, parecíamos dos minas. Lo bueno y no es poco, es que el feeling virtual se mantuvo y afirmó con el encuentro personal. ¡Parecía como si nos viéramos todos los días en carne y hueso!».

Yo le respondí, pero él no respondió. El blog, que tenía una actualización diaria desde hacía mucho tiempo, amaneció al día siguiente sin novedades. El asunto me llamó la atención pero supuse que, en fin, quizá el haber pasado la tarde conmigo le impidió armar su artículo diario y que lo iba a dejar para el día siguiente. Pero el día siguiente continuó sin novedades. Volví a escribirle y enviarle un mensaje de texto por el teléfono celular que tampoco tuvieron respuesta: allí fue cuando temí algo grave.

De vuelta a mi provincia era sábado y en Mendoza se celebraba la Fiesta Nacional de la Vendimia, quizá el evento cultural más importante del año, que obliga a un enorme despliegue periodístico y en el que yo ya tengo como una larga costumbre ser el encargado de la crítica principal del espectáculo.

Hacía también calor allí y yo esperaba la posibilidad de tener que salir también por TV, con un comentario previo a la fiesta. A media hora del comienzo del espectáculo, una llamada hizo vibrar mi teléfono móvil:  había mucha música y era difícil escuchar, pero al otro lado una mujer lloraba. Era Martine, amiga del Cuervo, quien me daba entre balbuceos la noticia que explicaba la falta de respuestas: había sufrido un accidente cerebrovascular y estaba grave. Nunca me resultó más difícil que aquella vez cumplir con mi tarea para el artículo más importante que suelo escribir cada año.

El blog del Cuervo, además, amanecía cada nuevo día sin novedades y esto, lejos de ser un dato frívolo, era todo un símbolo de que las cosas no estaban bien. Sus lectores le reclamaban en los comentarios alguna noticia. Me escribían a mí, preguntándome. Yo, como administrador del blog, vi que había algunos artículos ya listos. Así que me decidí a darle continuidad a su tarea, como si hubiera recibido un encargo de su parte aquella vez que me sorprendió nombrándome coautor.

Entre esos artículos estaba una serie ambiciosa y hermosa que otro colaborador del blog del Cuervo había previsto para su página. Fernando de León, desde España, también había encontrado en ese sitio virtual un lugar perfecto para compartir el amor por la música y la música misma y, quizá animado por una serie que otro colaborador (Carlos Quintero Maldonado) había trazado sobre la trilogía sinfónica final de Shostakovich, decidió tomar la integral de sinfonías del ruso a cargo de Bernard Haitink para comentarlas una a una en una completa serie de artículos.

Me pareció que esa serie que se iniciaba era una manera de poner un camino largo a la esperanza porque El Cuervo se recuperase. Me dije: «Iremos publicando la serie escrita por Fernando de León y antes de que la haya concluido, Gabriel podrá ver lo bien que le cuidamos su palacio».

Les escribí a Fernando de León y a otros amigos, y todos estuvieron de acuerdo en continuar con la tarea. Pero el jueves 25 de junio, a tres días de mi cumpleaños número 35, otro llamado de Martine me dio la peor noticia: El Cuervo, tras una larga agonía, había fallecido.

El Cuervo López.
Sería inútil detenerse en la tristeza y el dolor de ese momento. El blog del Cuervo seguía siendo un símbolo de lo que había hecho y uno de sus motivos de orgullo. Así que decidí que sin el Cuervo no podía haber blog del Cuervo, y puse un mensaje de despedida para dejarlo allí como una muestra de su tarea.

Aun así, impulsado por todo lo que aprendí con él, me decidí a abrir mi propio blog de música: Oído Fino. Yo tenía hacía mucho un interés por hablar de música y hasta había publicado en Diario Uno una serie de artículos unidos por ese nombre. Pero la decisión final surgió como una manera de homenajear a mi amigo y cuando abrí el nuevo blog, convoqué a amigos que habían pasado por el Cuervo para que siguiéramos en este lugar lo que habíamos hecho con Gabriel. Entre ellos estaba Fernando de León, claro, y acordamos seguir la serie de Shostakovich en Oído Fino.

Si la serie continuaba con un artículo por mes, es decir, con la periodicidad inicial, en menos de un año y medio iba a estar concluida.

Pero toda vida tiene sus problemas, y por ende, todos los tuvimos. La serie se fue postergando, y aunque Fernando y El Gato Sierra (otro amigo surgido de la taberna del Cuervo) coescribieron otras series dedicadas a Wagner, el recorrido por las sinfonías de Shostakovich se retrasaba. En medio de todo ello, una legislación estadounidense, además, trabó en gran medida la posibilidad de compartir música por la web; sumado a esto, mis compromisos personales hicieron cuesta arriba la continuidad de Oído Fino. Por si faltaran escollos, uno más pareció el golpe de gracia, cuando Blogger eliminó el blog del Cuervo.

El mes pasado, sin embargo, repasando Oído Fino me di cuenta de que habían quedado varias tareas a medio hacer, y que si bien podíamos consentir que algunas siguieran en suspenso, había una que no lo merecía: la serie sobre Shostakovich que había iniciado en el blog del Cuervo. Se lo dije con esas palabras a Fernando de León. «Sólo una», le remarqué, como intentando mostrar que ya habíamos hecho la mayor parte del trabajo. No había ninguna obligación más que la del deseo de honrar al amigo que ya no estaba. Y mi tocayo, haciendo un esfuerzo enorme y sobreponiéndose quizá también a la barrera emocional que la conclusión involucraba, terminó al fin la tarea: justamente con el artículo sobre la Sinfonía Nº15 de Shostakovich en versión de Haitink, el último disco que yo compré en compañía del Cuervo aquella vez, la única, que nos vimos. El disco que, de algún modo, fue el último con el que él salió de una disquería.

Es por todo lo narrado que la publicación de este artículo tiene un valor histórico. Han debido pasar cuatro años y medio para que la larga estela tenga su conclusión. Pero espero haya valido la pena: las cuestiones emotivas pueden dejarse de lado y quizá, a quien lea esta serie en un tiempo o en otro lado, le pase de largo que haya un amigo muerto en el medio, mucha pasión y una conflagración de amistades para que haya sido posible. No importa: quedará como un regalo, de esos que a nuestro amigo les gustaba hacer y que nosotros con él aprendimos también a hacerles a los demás.

Gracias, tocayo, por esto, y felicitaciones. Gracias a todos por seguirnos en esta caprichosa empresa.

En el siguiente enlace, el artículo que cierra la serie.


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Mozart: Sinfonía Nº 25 - I Mov. - Böhm

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